Tito era un desastre en casi todo. Uno de esos tipos que viven de la manera que los demás condenan – justamente por esa razón – transitando el borde entre ser un bon vivant o un mero vicioso; de manera tal que su repugnante delantal ensangrentado a menudo era más limpio que su reputación. Su hábitat natural era la calle, especialmente de noche, y su manada consistía en un rejunte de amigos temibles con los que jugaba al póker, a los caballos, a la ruleta, y a todo lo que no tuviera porotos de por medio.
Los dedos índice y mayor de su mano hábil fueron de color tabaco toda su vida, delatando su compulsiva debilidad por el tabaco. Se sabía todos los chistes de borrachos que existen, tal vez por su cercanía a innumerables entendidos en la materia o tal vez porque había logrado compilar los relatos de sus propias vivencias etílicas con mucho humor.
Le encantaban las minas. Todas. (Las lindas más). Y aunque era bastante feo encaraba con actitud; no dejaba pasar chica por la calle sin decirle aunque sea algo. Como a la enfermera que tenía en la chaqueta su nombre de pila bordado a la altura de la teta izquierda: “Disculpe señorita: ¿y la otra cómo se llama?”. La cicatriz de la ceja fue de cuando se llevó puesto un árbol por mirarle el culo a una, y sucesivamente cada pollera iba dejando una anécdota o una marca, en el peor de los casos. Tito contaba todas estas travesuras desprejuiciadamente, en cualquier parte, a viva voz, si no ¿qué gracia tenía? Solo de una cosa no decía una palabra: de las mujeres que fueron suyas, quienes quedaban protegidas para siempre con el velo de su discreción.
Muchos se preguntaban cómo carajo hacía Tito para ser tan bueno en su trabajo, su único costado respetable. Quizá porque la carnicería era un desfile diario de amas de casa hot, que preferían perder su turno para que las atendiera Tito, dejándolas más hot de lo que entraron: las solteras se sonrojaban, las casadas se mojaban y las viudas suspiraban. ¿Pero cuál era su secreto?
Y es que cuando cortaba una milanesa, la dejaba desfallecer en la tabla como si fuera un pájaro herido, la carne picada se estremecía ante la cercanía de sus manos, cada costillar pedía por favor que fuera él quien lo masacrara en innumerables tiras de asado. Descolgaba las tiras de chorizos como si fueran collares de perlas y las achuras agradecían no estar ya en una vaca para tener la mínima chance de su caricia. Las cuchillas, celosas, se batían a duelo con la chaira para ver quién sería la elegida, perdiendo miles de astillas invisibles en el intento.
Y así vivió casi 35 años. Hasta que a esa petisa radiante de ojos verdes se le ocurrió comprar un kilo de bola de lomo para milanesas, cambiándole la vida para siempre.
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