Mucha gente no para de hablar y yo no puedo parar de escuchar…

Última

Carnicero

Tito era un desastre en casi todo. Uno de esos tipos que viven de la manera que los demás condenan – justamente por esa razón – transitando el borde entre ser un bon vivant o un mero vicioso; de manera tal que su repugnante delantal ensangrentado a menudo era más limpio que su reputación. Su hábitat natural era la calle, especialmente de noche, y su manada consistía en un rejunte de amigos temibles con los que jugaba al póker, a los caballos, a la ruleta, y a todo lo que no tuviera porotos de por medio.

Los dedos índice y mayor de su mano hábil fueron de color tabaco toda su vida, delatando su compulsiva debilidad por el tabaco. Se sabía todos los chistes de borrachos que existen, tal vez por su cercanía a innumerables entendidos en la materia o tal vez porque había logrado compilar los relatos de sus propias vivencias etílicas con mucho humor.

Le encantaban las minas. Todas. (Las lindas más). Y aunque era bastante feo encaraba con actitud; no dejaba pasar chica por la calle sin decirle aunque sea algo. Como a la enfermera que tenía en la chaqueta su nombre de pila bordado a la altura de la teta izquierda: “Disculpe señorita: ¿y la otra cómo se llama?”. La cicatriz de la ceja fue de cuando se llevó puesto un árbol por mirarle el culo a una, y sucesivamente cada pollera iba dejando una anécdota o una marca, en el peor de los casos. Tito contaba todas estas travesuras desprejuiciadamente, en cualquier parte, a viva voz, si no ¿qué gracia tenía? Solo de una cosa no decía una palabra: de las mujeres que fueron suyas, quienes quedaban protegidas para siempre con el velo de su discreción.

Muchos se preguntaban cómo carajo hacía Tito para ser tan bueno en su trabajo, su único costado respetable. Quizá porque la carnicería era un desfile diario de amas de casa hot, que preferían perder su turno para que las atendiera Tito, dejándolas más hot de lo que entraron: las solteras se sonrojaban, las casadas se mojaban y las viudas suspiraban. ¿Pero cuál era su secreto?

Y es que cuando cortaba una milanesa, la dejaba desfallecer en la tabla como si fuera un pájaro herido, la carne picada se estremecía ante la cercanía de sus manos, cada costillar pedía por favor que fuera él quien lo masacrara en innumerables tiras de asado. Descolgaba las tiras de chorizos como si fueran collares de perlas y las achuras agradecían no estar ya en una vaca para tener la mínima chance de su caricia. Las cuchillas, celosas, se batían a duelo con la chaira para ver quién sería la elegida, perdiendo miles de astillas invisibles en el intento.

Y así vivió casi 35 años. Hasta que a esa petisa radiante de ojos verdes se le ocurrió comprar un kilo de bola de lomo para milanesas, cambiándole la vida para siempre.

I Started a Joke WATCH

 

 

 

 

Otras historias

Los platos rotos / Hijo Pródigo / Certezas

Shaini Japi Pipol

La única vecina que valía la pena tratar en ese barrio de mierda era Emilce. Era como una flor en un basural. La petisa tendría unos 40 años, medio gordita, el pelo corto, ligeramente perfumada, todo el tiempo parecía recién bañada y siempre de jeans (elastizados, claro). Aunque no había nada para contar, hablaba muchísimo con una vocecita chillona y una risa fácil que se podía escuchar a 2 cuadras. Siempre venía a casa a tomar unos mates y a vender Avon.

Era admirable lo que hacía esa mujer: atendía a Tincho, ese marido portador de terrible cara de orto, soportaba pacientemente a sus hijos pre-adolescentes, cuidaba a su pequinés como si fuera de cristal, mantenía su casa reluciente y todos, incluso ella parecían recién lustraditos. Y encima se pateaba todo el barrio para vender sus cosméticos. Era imparable. Pero detrás de todo ese brillo, a veces, solo a veces asomaba furtiva una imperceptible expresión como de tristeza, algo que venía a dejar una manchita rebelde en tanto lustre.

Durante unos días no se la vio por el barrio y tampoco a su familia. Pensamos que se habían ido de vacaciones, pero pronto corrió el rumor de que Tincho andaba jodido. Al parecer tuvo un problema cardíaco que lo mantuvo internado por un par de semanas. Cuando volvimos a verlo, Tincho era otro. Su habitual cara de culo mutó en una expresión insólita en su rostro, como de hombre bueno que se le cagó la vida. Y más o menos, porque tuvo que dejar de trabajar, dejar de fumar, mantener una dieta estricta y por sobre todo, evitar las emociones fuertes y el esfuerzo físico.

Temíamos por Emilce. Ya bastante trabajo tenía cuando Tincho estaba bien. Ahora tendría que atender a un enfermo y hacer malabares con la economía hogareña.  De hecho pasó un tiempo hasta que pudo volver a visitarnos. Cuando tocó el timbre no sabíamos cómo actuar, cómo hacerle saber que la apoyábamos, que sentíamos pena, no lástima. Abrimos la puerta, y para nuestra sorpresa, Emilce estaba más radiante que nunca. Igual de impecable, pero rejuvenecida, chispeante… me da vergüenza ajena decirlo, pero por primera vez, la noté completamente feliz.

Emilce, ¿cómo estás con todo esto de Tincho? Imaginamos que debe ser muy duro para vos.”

“¿Para mí? Noooo. Yo estoy mejor que nunca. Pobre Tincho, me da lástima que esté tan mal de salud, pero era la única manera, la única manera…”

“¿La única manera de qué?”

“¡De que me dejara de joder con querer coger todos los días! Desde que nos casamos, me cogió todos los días: no le importaba la menstruación, si estaba enferma, cansada, sin ganas, nada. Era como una obligación más: ocuparme de la casa, la comida, la ropa, los chicos, el perro y a la noche aguantármelo a Tincho arriba mío, dale y dale. Quince años así. Que Dios me perdone, pero qué suerte que se enfermó, ahora no me puede tocar ni un pelo, y lo que es yo, cerré las piernas para siempre, no quiero coger más, con nadie. Ahora por fin puedo hacer mi vida…”

Shiny Happy People WATCH

 

 

 

 

 

Otras historias

Vivir del amor / La (in)Feliz / Feliz Domingo

Cinéfilos

Si mi viejo no hubiera tenido la responsabilidad de criarme, hubiéramos sido excelentes amigos. El gusto por el cine era el punto de entendimiento casi único en la desastrosa relación. Al llegar a mi adolescencia tomamos la costumbre de ver películas juntos en la tele blanco y negro que relampagueaba las noches de nuestro comedor. A las 22 horas poníamos el canal 7 (que llámenlo como quieran, siempre va a ser ATC) para ver “Función Privada”…en ATC. Yo tenía apenas 16 y veía junto a papá películas con escenas muy fuertes, desde violencia extrema hasta alto voltaje erótico (para los ’80s).

No había problemas con papá, no había censura, nunca me mandó a mi habitación, nos bancábamos lo que viniera. En particular recuerdo un ciclo de cine negro francés (muchas con Alain Delon, quien prematuramente me hacía mandar varias bombachas a lavar). Ya me había acostumbrado a lo que todos odian del cine francés: un principio prometedor, a veces con una fuerte escena, luego un laaargo tramo (casi toda la peli) en el que no pasaba nada, y después había dos opciones para el final, la nada misma o un golpe bajo.

Le Toubib (El médico) fue una guachada. El tipo era un médico de campaña en una guerra ficticia en la cual el arma más letal era un dispositivo que al explotar lanzaba innumerables gillettes a la condenada víctima. El viudo médico no quiere saber nada con engancharse otra vez, pero había una enfermerita deliciosa e ingenua que conquistó su corazón. Me acuerdo que ahí vi la primera chota en la tele. La boluda fue a consolar a un soldado herido, le acarició la frente y al tipo se le paró al toque y la mostraron en un milisegundo que no escapó a mis ávidos ojos. El tema es que cuando la guerra termina, el doctor ya está recontrametido con la pendeja y todo era amor y felicidad. La boluda (otra vez) va corriendo por el campo a buscar florecitas y en el último segundo de película se disparan las gillettes desde un arbusto directo a su cara, liquidándola en el acto.

En Diaboliquement Vôtre (Diabólicamente suyo) fue al revés. El tipo se pega un palo con el auto y aparece internado en una clínica con amnesia, que me debe haber pegado a mí también porque no me acuerdo más nada, solo las revolcadas, baby dolls, toqueteos y demás calentorreadas…

En Le Passage, todo mal, esta vez el palo se lo pega contra un camión inmenso (se ve que manejaba para el orto Alain), pero iba con su hijo. Él muere y el pibito queda en coma, entonces el papá empieza a operar desde el más allá para reencontrarse con él. Un bajón.

Y siempre con papá a mi lado, con sus austeras arrugas en la frente, sus frondosas cejas atentas, casi tanto como lo estaban sus ojos. Una sensación de estar entre pares impregnaba el nocturno comedor. Hasta compartíamos unos breves comentarios sobre el film tomando un té antes de ir a dormir.

Una de esas noches, nos dispusimos a ver una más de tantas. Es de noche y un auto va por una calle mojada que desemboca en un puente. El auto se detiene, bajan un hombre y una mujer, and no warning el tipo la tira bruscamente arriba del capot y la viola sin piedad. Cuando termina, él se va y la mujer se arregla un poco el pelito y la ropa, y después no sé. Papá tampoco supo, porque tomé mi taza de té y sin más comentarios le dije “Hasta mañana, pa” “Hasta mañana, hi”, se apagó la tele y no se habló más del tema.

Too much para los ’80s, para mis 16 y para la liberalidad del viejo.

Ah! Si alguno vio esa película, pásenme el dato porque no llegué ni a ver el título…

Función Privada WATCH

 

 

 

 

Le Toubib (ending) / Diaboliquement Vôtre (opening) / Le Passage (trailer)

Amor ciego

¡Hay que estar todos los días rodeado de tantas hermosuras mientras uno tiene que trabajar! Ojalá fuera ciego. Cada vez que levanta la vista, la rubiecita de culo parado le guiña un ojo, la morocha guerrera se la pasa tocándose las tetas delante suyo y la más pendejita, siempre con las piernas abiertas mostrándole el tesorito. Y Cholo agacha la cabeza y sigue trabajando. Tienen una cara de vicio que dan ganas de mandar todo a la mierda y enfiestarse con todas.

Pero Cholo, siempre sucio, con las manos llenas de grasa, sabe muy bien que si cualquiera de esas perras pudiera salir del almanaque de su taller no lo tocaría ni con una rama. Y encima está Carmen. Cómo se vino abajo esa mujer. Pensar que cuando eran novios era una potranca, y ahora es una reverenda yegua que encima de fea, lo trata mal. Mejor seguir trabajando, mejor no mirar, mejor seguir fantaseando con las putitas de la pared…

“¡Qué hacé Gallego! ¿Te traés una picadita?… Buenasssss”

“Hola Pelado, ya casi estamos todos, falta el Cholo, falta”

“Psst… el Cholo no va a venir. Nos va a fallar otra vez”

“Che, pero ¿tan metido está con la morocha grandota que se levantó? Al final lo tiene cagando más que la Carmen. Ta bien que la piba es un camión.”

“See, no sé… la verdad que desde que está con esa mina no pasa bola. Por una parte, todo bien, se lo ve bien al Cholo, contento. Pero podría venir a ver a los amigos cada tanto… … Eeehhh, loco, ¿qué hacés tanto tiempo Lito? Vení, vení a la mesa.”

“Y, me zafé de la bruja y acá estoy. ¿Todo bien ustedes?”

“Si, todo bien. Justo estábamos hablando del Cholo que no aparece. ¿Vos anduviste por el taller?”

“Más bien, si mi auto tiene más problemas que el Perla Negra… se lo llevo siempre al Cholo que sé que no me va a cagar. Anda bien el Cholo. Le dio una patada en el orto a la jermu, la echó de la casa y ahora está a full con la pareja nueva, qué va a ser…”

“Sí nos enteramos… Y sí, la morocha esa está más buena que comer pollo con la mano. Tuvo suerte el Cholo, qué minón.”

“Vos me estás cargando que la morocha está buena ¿no?”

“No, ¿por qué?”

“Uh, estás en el horno pibe. ¿No te diste cuenta? Es un trava. La morocha tiene pija loco.”

“Noo, ¿el Cholo en pareja con un trava? No te creo.”

“Sí boludo, con un trava. Cuando la vi me di cuenta al toque, y el Cholo también se dio cuenta de que me avivé. Le dije, loco, no podés estar con un trava, te conoce todo el barrio. Todo bien Cholo, pero la gente es mala y comenta. ¿Y sabés lo que me dijo? Mirá Lito: la Carmen me tenía los huevos llenos, apareció Sabrina y aunque al principio fue todo medio raro, la verdad que ahora nos llevamos bárbaro. Imaginate: me tira la goma, me trae plata a casa, y encima si tengo mucho laburo, me da una manito en el taller. Es perfecta.”

“La mierda… entonces es como dicen nomás… es preferible que te rompan el culo de vez en cuando y no los huevos todos los días…”

I was made for loving you WATCH

 

 

 

 

 

Otras historias:

Dominatrix / (La mujer de) Barba Azul versus el amor letal / Perra

Pocos pero buenos

Tecontaretodo (ya lo saben) no toca temas personales y este post no habla de mí sino de ustedes, porque Tecontaretodo cumple un año y ustedes son los invitados. Hace un año abrí este blog sin objetivo alguno, más que matar el tiempo, aunque creo que en realidad fue una idea de Girl. Sí fue idea de ella y es más, pienso deslindar toda responsabilidad en ella si se pudre todo, por ser una irresponsable.

Este espacio se construyó en soledad, pero al salir de paseo por otros blogs y dejando la puerta abierta, fueron cayendo visitas (y yo sin bañarme). Por ustedes trato de escribir mejor, para que vuelvan, para que vengan más. O no. Porque como reza el título, los que vienen son pocos pero buenos. Los presento:

Girl (o la culpable) es especialista en iluminaciones. Cada vez que leés un post, te quedás pensando, o con la boca abierta, y seguro que te va a sorprender con un punto de vista desafiante e inesperado. Y de regalo, unas gotitas de ácido humor en viñetas. No apto para los que prefieren vivir en la ignorancia de sí mismos.

Eme Ce sabe cómo transmitirte todo lo que pueden percibir los sentidos en pocas palabras. Cómo carajo hace no sé, pero si ella te habla de un olor, lo olés; si te habla de un sonido, lo oís… y así. Ah, y también es dueña de una de las formas de la felicidad: tomar mate en patas.

Mirta, Mirta! Nadie quiere escuchar a las “amas de casa profesionales” porque todas dicen lo mismo. Pero Mirta te cuenta cada chisme, cada detalle hogareño o familiar con una chispa tan brillante, que de un episodio de lo más simple te hace un post que te sienta de culo.

Raúl está completamente loco o es dueño de una máquina del tiempo… se va al pasado, de ahí al futuro, pasa un toque por el presente y después no sabés adónde va a ir a parar. En realidad sí, a Rosario. ¿Querés conocer Rosario y no tenés plata? Bueno, leélo a Raúl y la vas a conocer de punta a punta. Viene a ser como un Gardel de Rosario.

Darío podría ser tranquilamente Don Juan. Yo lo bauticé “el enamorado del amor” sin su permiso, porque es un romántico de los que no quedan (por suerte, no siempre). Así que, caballeros: cuiden a sus mujeres de las palabras de Darío. Los posts que más me gustan: los que hablan de Laila.

Andrés (el agridulce) es imperdonable. No puede escribir tan bien. Además no es justo, casi me hace llorar dos veces y yo seguro que ninguna. Una recomendación: cuidado con sus textos, nunca quedarán ilesos después de leerlos. Otra recomendación: su libro.

Dany, parece que de chiquito no lo dejaron ser asesino serial, pobre. La cuestión es que sus historias de crímenes perfectos, asesinos justicieros, oficinistas (in)ofensivos, y lo que se te ocurra, te van a dibujar alguna expresión en la cara, muy a menudo de risa. Y más de una vez satisfará tu propia sed de venganza.

El Enfermo está hecho mierda. En serio, es terminal. Desde que lo conocí, no quiero que nadie me cuente o me recomiende una película más que él. El tipo te va a contar más o menos de qué se trata lo que te va a recomendar, pero lo que realmente sabe es en qué están pensando los actores, personajes y directores… sí, sí, les lee la mente.

Juan es un reventado, un desagradable, un vicioso, una verdadera rata, menos mal que casi no pasa por acá. Pero le debo cientos de carcajadas, muchas sorpresas (agradables y no), y la tranquilidad de saber que hay mucha imaginación dando vueltas todavía.

A Efa hace poco que lo conozco. Lo único que sé es que tiene buenas historias y que se divierte con las mías… ah, sí, y que me inquieto cuando tarda en venir.

Y después están los que no dicen nada, pero vienen, a veces a cara descubierta, a veces anónimos, a veces desde países lejanos, a veces de acá nomás, pero vuelven en silencio y me alegran el día cada vez que los veo pasar. De ellos no puedo contarles nada, salvo que me gustaría que algún día digan “hola”.

Y al igual que en una entrega de los Martín Fierro, espero no haberme olvidado de nadie, gracias totales y todo eso, torta, velitas y aplausos. Porque al final este año estuvo bueno, y me divertí mucho gracias a todos ustedes. Ahora espero poder divertirlos yo.

La vanguardia tiene patas cortas

 

Esteban siempre fue un vanguardista. Sólo que la vida le jugó la mala pasada de que su vida social se desplegara en la Bond Street y la familiar en Villa Madero. Un incomprendido. Por ejemplo, hoy cualquier pibe usa aritos y el mundo sigue andando. Pero cuando Esteban se puso su primer arito fue todo un desparramo.

Pero el problema no era que le dijeran puto.

El problema no era que la única persona en el barrio que ponía aritos era una enfermera que le ponía aritos a las bebas recién nacidas.

El problema no era que en la Bond casi no existieran los locales de tatuajes y piercings, o que los pocos que sí existían cobraran carísimo.

El problema no era que la oreja se la agujereó un primo que no estaba muy al tanto de los beneficios de la esterilización.

El problema no era la terrible infección que le arruinó el estómago con antibióticos.

El problema no era que los aritos de acero quirúrgico en forma de argolla también eran caros y difíciles de conseguir.

El problema ni siquiera fue cuando la novia le insistió hasta el cansancio que fueran a la playa. Esteban fue, pero a su manera: blanco como un papel con su remera negra de Joy Division, bermudas gruesas de combate, borceguíes, anteojos oscurísimos, su peor cara de culo y su argollita de acero quirúrgico pendiendo de su sufrida oreja.

El problema no era el viento terrible que les picoteaba el cuerpo con oleadas de arena voladora.

El hecho de que la sombrilla que algún tarado clavó mal y que con una de las ráfagas iniciara una trayectoria perfecta y como una lanza certera viniera a ensartarse justo en el arito de Esteban llevándose con él parte de su lóbulo, tampoco era el problema en realidad.

El problema fue que al poco tiempo cualquier boludo usaba arito.

Raros peinados nuevos WATCH

 

 

 

 

 

Otras historias

No ID / Argentinian Psycho / Mi lugar en el mundo

Yo te Banco

Uy, qué día de mierda… Se podría decir que me levanté al pedo. Me cancelaron dos cirugías que son las que me dejan guita y me quedaron los pacientes hincha pelotas de obra social que me dejan dos pesos con cincuenta. Me siento como una empleada del Tren Fantasma: ¡no gano ni para sustos! Y encima, antes de ir al otro consultorio, tengo que llevar a mi vieja hasta lo de la hermana.

Pobre mamá, se la pasa hablando y yo ni le presto atención. Es que da tantas vueltas para decir una cosa que termino olvidando lo que se suponía que quería contarme. Después se enoja si la contradigo, se enoja si le doy la razón, se enoja si no digo nada. Se enoja. Solía tener buen humor y risa fácil, pero con la edad se puso cascarrabias. Cosas de la vejez… supongo que todos terminaremos igual.

Subió al auto protestando como siempre, pero hoy no tenía yo suficiente paciencia, así que me puse en piloto automático y me concentré en conducir. “Nena vos sabés que tenía que ir a la veterinaria a comprar la comida de los gatos y resulta que la chica no tenía la marca que yo compro siempre y me quiso ofrecer una  más cara yo se la hubiera comprado pero resulta que fui con la plata justa y no me alcanzó y me caminé como 8 cuadras de vuelta a casa para buscar más plata y volví a la veterinaria y resulta que cuando voy a comprar ya se habían llevado el último paquete a vos te parece 8 cuadras de ida 8 para buscar plata 8 para volver a la vete y 8 para volver a mi casa sin nada ahora voy a tener que ir de vuelta mañana.”

“Pero mami ¡si tenés un banco a media cuadra de la veterinaria! Hubieras llevado la tarjeta y sacabas plata del cajero. Te ahorrabas tanta vuelta y la mala sangre”

“Shhhoooo, al cajeeeeero… ¡ni loca! Yo con esas máquinas no quiero saber nada.” “¿Y cómo hacés cuando te quedás sin efectivo?” “Voy a la caja en horario de banco y que me atienda una persona. Mirá vos, ahora que me acuerdo, el otro día fui y mientras hacía la cola, vi como a un señor el banelco le tragó la tarjeta. Se puso como loco el hombre, porque mirá que estuvo un buen rato. La ponía, la sacaba, la volvía a poner, la volvía a sacar, tanto la puso que al final el cajero se la chupó ¡Se la terminó tragando! Se la tragó directamente y no la pudo sacar más. Yo no quiero saber nada con la tarjeta.”

“Aaay, mamaaaá. ¡Se la tragó porque la habrá dejado mucho tiempo adentro!” dije con algo de fastidio.

En el silencio subsiguiente, la última frase quedó resonando en mi mente, pasando del ámbito bancario al meramente obsceno. Miré a mamá de costadito. Ella también me miró con ojitos pícaros y estallamos en carcajadas: “Pero mamá ¿vos viste lo que dije? Que se la tragó porque la dejó mucho tiempo adentro, jajajjaj” “Siiii, y yo que te decía que la ponía y la sacaba hasta que se la chupó, jajjaaj” “¡¡Mami, qué degeneradas que somos!!” “Si, qué chanchadas, una señora de mi edad” “¡Dale! Bien que te la pasaste hablando de sexo, que la ponía, que la sacaba…” “Bueno, monja no soy… y además si te tuviera que enseñar sobre sexo, te digo directamente que el 90% de los hombres no saben fifar. ¡Tomá! te lo dije.” “¿Ah sí? Y vos cómo sabés? ¿Con cuántos estuviste?” “Eso no te lo voy a decir, pero creéme porque es la verdad.”

Entre lágrimas y convulsiones, la dejé en lo de su hermana y me fui a trabajar. Creo que no pude mirar a un solo paciente a la cara para que la risa no malograra mi reputación (con perdón de la palabra) de doctora seria.  Hasta un minuto antes de dormirme, me acordé de cómo nos reímos y me volví a tentar.

No fue tan mal día después de todo…

Les yeux de ma mère WATCH

 

 

 

 

 

Prioridades / Iscariote / Hijo pródigo

Los borrachos siempre dicen la verdad.

Quique era borracho. No era alcohólico, ni arrastraba problemas de la infancia, no bebía, no estaba tomado ni era un enfermo. Era bo-rra-cho, sin eufemismos. Por lo demás, era un tipo de lo más común. Era cajero de un banco estatal en la zona Oeste, siempre de traje, el pelo prolijamente cortado, y tras los cristales de su ventanilla inspiraba confianza a los eternamente estafados jubilados.

Pero debajo del mostrador, entre rollos de papel, banditas elásticas, lapiceras y sellos, siempre tenía alguna botella, esa noviecita complaciente que se dejaba besar a escondidas del público.

Al parecer Quique había logrado el nivel justo de alcohol en sangre como para que no le patinara la dicción, no tambalear, ni apestar y aunque ya todos se daban cuenta de su estado, nunca hizo papelones. Fuera del banco, su vida también era corriente. Su previsible sueldo le permitía tener un techo, mantener a su familia y hasta tener un modesto auto. Este último es un sustantivo un tanto generoso para un Citroën 3CV modelo ’75, pero “la Rana”, aún con su andar cabeceante nunca lo dejó a pie.

Casi siempre almorzaba cualquier cosa en la cocinita del banco. Pero ese día, con 38 grados a la sombra invitaba más bien a ir al bar. Un par de compañeros lo gastaban “Che Quique, ¿vas a seguir tomando? ¿Qué te trajiste hoy para el mostrador?” “Ron, loco, me traje un ron buenísimo, y con este calor es lo mejor que podés tomar.” “¡Qué borracho que sos! Si tenés sed tomate una gaseosa, algo helado.” “Pero escuchame una cosa, ¿vos sabés el calor que hace en el Caribe?” “Me lo puedo imaginar, ¿pero qué tiene que ver el Caribe con el escabio? ¿Qué tiene que ver? ¿Qué te pensás que tomaban los piratas cuando tenían calor y sed? ¡Ron tomaban! Hielo no había en el Caribe…”

Y se bajó el ron nomás. A las 5 en punto cerró la caja, saludó a todos, se subió al Citroën y rumbeó para su casa. Entre el calor que no había aflojado y el ron, que tampoco, se sentía algo mareado. Pero seguro de sí mismo y de su fiel automóvil, tomó la autopista por el carril lento y aguantó los trapos hasta llegar al barrio. Pero a pocas cuadras de su casa, se cruzó Ramón, el perro del albañil. Para no atropellarlo volanteó bruscamente. Así fue que la cabeceante suspensión obró su comportamiento lógico, e irremediablemente volcó.

El auto quedó con las ruedas para arriba, y Quique, sin cinturón, desparramado con la cabeza para abajo. Por un momento no sintió absolutamente nada. Y es que milagrosamente no le había pasado nada, ni un rasguño; su fiel 3CV lo había protegido como si fuera la cáscara de una nuez.

En menos de 30 segundos se acercaron todos sus vecinos a ayudarlo. Buena gente, más de hacer que de pensar… y sin pensar, entre todos hicieron fuerza para dar vuelta el auto – con Quique adentro. ¡Y lo lograron!

Lamentablemente, el crique que andaba suelto por ahí fue a dar en el medio de la cabeza de Quique, haciéndole un corte merecedor de varios puntos de sutura. “Gracias, gracias. ¡No me ayuden más la puta madre que los parió a todos! ¿Quién carajo los llamó, manga de forros? ¡Vayan a laburar, vagos! ¡No me ayuden más!”

Tomándose la cabeza ensangrentada, no paraba de maldecir. Pero nadie se ofendió realmente, total Quique era un borracho…

Brother my cup is empty LISTEN

 

 

 

 

 

Otras historias

Ícaro / Killer / Knot-Knot

Carne Argentina

María Laura no deja mi casa espléndida ni mucho menos. Pero al menos es callada. Me molestan las muchachas que gastan sus energías hablándome de cosas que no me importan, cuando las podrían usar para dejar mis ventanales relucientes. Además, llevan unas vidas horrorosas e irresponsables, ventilando cada sórdido detalle sin el más mínimo decoro. Definitivamente no necesito eso en mi vida.

Desde que me mudé a nuestra casa de campo tardé una barbaridad en encontrar a una que por lo menos haga su trabajo en silencio. Por eso María Laura es ideal: no es cama adentro (aunque tarda tanto que bien podría quedarse a dormir), si le pido que repase lo que no limpió bien lo hace sin protestar, y lo fundamental: habla poco.

Por supuesto que estando juntas tantas horas, hemos tenido breves conversaciones. Así fue que me enteré de cómo vive. Muy humildemente lleva adelante una familia sin padre, teniendo a veces que recurrir a la caza de animalejos medianamente digeribles y juntando todo lo que pueda alimentar el fuego de la salamandra. Con algo de suerte, consiguen cazar algún bichito cuya piel aporta unos buenos pesos a la economía familiar.

Cuando la conversación toma esos ribetes, trato pertinazmente de cambiar de tema y me dispongo a repasar la lista de invitados para el próximo asado, con carne de primera, de más está decir. No solo eso, me dedico personalmente a elegir los mejores cortes y a limpiar y macerar las achuras. Mollejas de animal joven, preferentemente de corazón, maceradas en limón y laurel, chinchulines remojados en leche para que salgan bien tiernos, riñoncitos pequeños, bien limpios y macerados en sal gruesa… un manjar, y a Don Gervasio le encargo los chorizos y morcillas más exquisitos que nadie haya probado en este país. Ocuparme de cosas como éstas y saber que nuestros asados son todo un éxito es lo que me hace olvidar esas desagradables historias.

Hace unas semanas, María Laura llegó a casa sumamente alterada. No pude escapar a su repentina verborragia:

“¡Ay Señora! Estoy tan furiosa con mi sobrina. No sé si la voy a poder perdonar. ¡Ni se imagina lo que hizo, Señora! Tiene 16 años y se quedó embarazada… ¡¡y se sacó el chico!! La muy tonta pensaba que estaba de dos meses, ¡y estaba de cinco! ¡La suegra fue! La vieja esa la obligó, le dijo que estaba a tiempo para sacárselo, la llevó a una abortera, y al final le sacaron al chico enterito, enterito… parece que era una preciosura el pobre angelito.
La insulté de arriba abajo: ¿Para qué tenés una familia, eh? ¿No sabías que si tenías el chico, entre todos te íbamos a ayudar? Mirame a mí: cuando me separé de mi primer marido no sabía que estaba embarazada y lo tuve igual… Y después con el segundo, también. Lo eché de casa al granuja ése, y después me enteré que estaba esperando, y solita los crié a los dos.  ¿Y vos viste a mis chicos pasar hambre alguna vez? Mocosa de porquería… matar un chico así, y encima casi te vas en sangre!! No lo puedo entender, Señora, no entiendo…”

Permanecí en silencio un momento. Mi cara se congeló en una mueca indefinida entre admiración y espanto.  Creo que murmuré algo acerca de cambiar las cortinas del living y me aferré desesperadamente a la tarea de armar la lista del próximo asado, como siempre.

A ver: mollejas de corazón de animal joven, chinchulines, riñones… no, no puedo ¡No puedo! Qué horribles náuseas…

No hubo próximo asado.

Teardrop WATCH

 

 

 

 

 

Otras historias

Mi lugar en el mundo / Los platos rotos / Veinte años no es nada

Un no-lugar

Me hace bien vivir acá. Cuando veo que ando medio loquito y no quiero hablar con nadie, me voy para la playa y me quedo mirando el mar hasta que se me pase, y ya que estoy, observo. Me gusta mirar el paisaje, pero también a la gente, las gaviotas, bah, todo. Y siempre que voy los veo a esos vaguitos, sea la hora que sea, ahí están: se meten al agua así nomás, corren de acá para allá y andan a los empujones, pero no se meten con nadie. Siempre son los mismos: el Colo, el negro Rastafari, la Tetona, el Abuelo, el Bipolar (antes le decían el Loco, pero ahora Bipolar suena más cool), el Rulo y el Pelusa (sí, como el libro de Kapelusz).

Ya los conozco a todos. Al Colo le gusta hacerse el langa. Se sabe lindo, con su cuerpo atlético y su rojo pelo largo. Se va a nadar y cuando sale del agua posa como si estuviera en un comercial de Axe. El negro Rastafari no es descendiente ni de africanos ni de jamaiquinos, jamás fumó ni se puso el gorro de lana tricolor. Pero nunca se peinó, y de tanto ir al mar se le hicieron rastas, negras de raíz y rubias en la punta. La alimaña más chica ya debe estar llegando a welter junior.

La Tetona está más allá del bien y del mal. Cuando se cansa de bardear, se echa en la arena desparramando sus atributos sin el menor pudor ni rasgo de feminidad. Dicen que es bastante promiscua, pero la verdad, a mí no me consta. Rulo y Pelusa andan siempre juntos, como en el libro de Kapelusz; son incansables y cansadores. Se cagan a palos a cada rato, después van corriendo al agua, salen, molestan a los demás, andan a los gritos, se vuelven a pelear, insoportables.

El Bipolar me da un poco de lástima. Es uno de los más tranquilos, pero de repente le pinta el raye y empieza a correr gaviotas, haciendo gestos como si fuera a remontar vuelo él también. La vez pasada fue una vergüenza: estaba mirando mansamente el mar junto a los demás y cuando a un chimango se le dio por volar bajito, el Bipolar salió como desquiciado a seguirlo. Hasta el ave se dio cuenta de que el tipo está limado y parecía hacerle dar vueltas y vueltas a propósito.

Ahora, el Abuelo, ése sí que es temible. La diferencia de edad es notoria, de ahí su apodo y superioridad. La bandita jode con él, pero hasta ahí. Cuando el tipo se hace a un lado, los demás se dan cuenta de que no hay que molestarlo más. Se tira en la arena y puede mirar el mar por horas. Hubo veces que estuvo sentado casi a mi lado, sin siquiera mirarme y mucho menos dirigirme la palabra. Pero yo sí lo miré y noté que tiene varias cicatrices, una bastante importante en la cara; amenazadoramente corpulento, tiene la calma del que sabe que si te emboca te mata.

Ayer me animé: “¿Qué hacés…? ¿Todo bien Abuelo?” El tipo giró la cabeza sólo lo necesario para hundir su mirada en la mía por unos 30 segundos. Y sucedió lo increíble. Una especie de fuerza centrífuga me arrastró de la playa al no-lugar de sus pupilas. Fue como transitar a toda velocidad por un túnel o una autopista existencial: los de su existencia. Todos los palos que le dieron a él me dolieron a mí, sentí en mi boca el gusto rancio de la comida saqueada de los tachos de basura, me heló el frío de todas sus noches en la calle, me llené del orgullo de cada pelea y cada hembra ganada al derrotado. Todo, en 30 segundos.

Me trajo de vuelta su voz desafiante: “¿Qué mirás gil?” “Nada, el mar y lo que hacen tus amigos.” “Ah, estos pendejos… son buenos pibes pero me tienen los huevos llenos… ¿tenés un sánguche, algo?” “Tengo un cacho de pan ¿querés?” “Y bueh, dameló… a vos te parece… con la calle que tengo encima, con los giles que me cargué, y me tengo que conformar con pan. Hasta que no vengan los turistas no voy a ver un cacho de carne ni en pedo… ni un hueso. Bueno, me voy a la mierda, chau salame.”

Se levantó sin ganas y se alejó lentamente, con pasos cansados. En eso vino el Laucha: “¿Y? ¿la probaste?” “See loooco ¡qué buena peeepa! ¿Sabés que pude hablar con los perros de la playa? Con ése hablé, con el Abuelo… un flash el can.” “¡No jodas! ¿Y qué te dijo?” “Nada. Nada importante.”

I Nearly Died LISTEN

 

 

 

 

 

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