Te Lo dije

itoldyou– Hay que firmar los papeles.

– Sí… … … ¿Tiene que ser en Buenos Aires?

– Sí, sabés que hay que ir allá. Ya te lo dije.

– ¿Pero no podemos hacer que los manden? ¿O firmar acá, no sé, ante un escribano o algo así y mandarlos? Ya quiero terminar con esto. Y encima viajar hasta allá, pfff… qué odio.

– Justamente, para terminar, no demos más vueltas. Saquemos los pasajes, firmamos y chau.

– Vos siempre ves todo tan fácil ¿no? Sólo hay dos micros: uno llega a las 4 de la mañana y el otro a las 4 de la tarde. No sé si notaste que no coincide mucho con el horario de las oficinas.

– ¡Ya lo sé! Tenemos que tomar el de la noche, no hay otra.

– ¿Me tomás de pelotuda? No me refiero a eso. Me pregunto qué carajo vamos a hacer desde las 4 de la mañana hasta las 10 que nos atiende el abogado. ¿Comer 82 medialunas en Retiro? ¿Esperar a que venga cualquier punga y nos sorprenda dormidos en un asiento de esa estación mugrienta? A mí ese lugar me da asco y miedo… hay que esperar al menos 3 horas hasta que sea de día y no voy a andar deambulando.

– Bueno, no tenemos que quedarnos en la estación… podríamos buscar algún bar abierto en el centro.

– Darío, hace siglos que no vamos a Buenos Aires. No sabemos siquiera si los lugares que conocemos todavía existen. No da para adivinar… … … No sé, yo pensé en parar en un hotel, aunque sea por unas horas.

– Si no queda otra, podría ser, pero a menos que quieras un cuartito lleno de pulgas, los hoteles de esa zona son carísimos, querida.

– Hmm, sé. La verdad que no tengo ganas de seguir tirando la plata, entre los trámites, los honorarios del cuervo, los pasajes… la verdad estoy harta. Y no me digas “querida”.

Se quedaron en silencio, él mirando el suelo, ella mirando a la pared. Aunque estaba cansado de los caprichos de Analía, seguía intentando sin suerte encontrar una solución a un problema tan estúpido como descomunal. Analía estaba un poco peor. No sólo cansada de que a Darío no se le cayera una idea. Cansada. Muy. Ya no recordaba la última vez se había sentido alegre, y no se le ocurría nada que la pudiera alegrar.

Darío quitó la mirada del piso:

– ¡Ya sé! Vayamos a un telo. Nos podemos guardar un par de horas por dos mangos.

La cara de Analía se inundó de luz: ¡Qué buena idea! Hace tanto que no íbamos a uno que ni se me cruzó semejante cosa… Qué bizarro, usar un telo para hacer tiempo. Me hiciste reír.

Medio dormidos, del micro al taxi, del taxi al telo.

– Bueno tratemos de dormir un rato que el día va a ser largo.

– Si.

No pegaron un ojo. Se echaron dos, y rieron, como antes. Y los papeles, bueno solo son papeles…

L’Hôtel Particulier WATCH

L'hotel particulier - Serge Gainsbourg

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La Ley de la Selva

leonaCuando Marita  empezó a trabajar en la Yoursister’s Shell & Co. jamás pensó que iba a llegar tan lejos. Había sido preparada para el arte de la peluquería, y era su sueño tener algún día su propio salón de belleza. Ya sabemos lo que hace el destino con los sueños de la gente, así que fue el destino y no otra cosa lo que hizo que Marita terminara ocupando ese puesto de recepcionista junior en la Yoursister’s. La casa central de la compañía era un rascacielos vidriado, como los de las películas, en donde las personas vistas desde la calle parecían pececitos limpiafondo que se movían en distintas direcciones, indiferentes al bullicio de la ciudad.

Lejos de ser una chica de barrio indefensa en la jungla de cemento (y vidrio, y acero, y gente), Marita llevaba la Ley de la Selva en la sangre. Así es que logró transitar airosa la segunda mitad del siglo XX, con una increíble capacidad para ponerse a la altura de las circunstancias. Altiva, feroz, determinada, ignorante y hermosa, tomaba cada desafío como algo personal, como una leona con un venado entre los dientes… ¡andá a sacarseló! Pronto el escalafón de junior le quedó chico. A diario se abría paso en la maraña a machetazo limpio hasta que se convirtió en la cara de la Compañía, la primera y la última cara que verían quienes osaran cruzar el umbral de la Yoursister’s, la única para quienes cometieran un error.

La tecnología no fue un obstáculo tampoco. Sin la menor preparación pasó del lápiz y papel a la máquina de escribir, del carbónico y la cinta correctora al Liquid-Paper, del teléfono con disco de su casa al mega conmutador con lucecitas inquietas (e inquietantes), de la copia por correo al telex, and so on. Hasta que llegó EL día. La sacaron de la recepción y la pasaron a la oficina de Comunicaciones Internacionales. La Yoursister’s Shell & Co. tenía filiales en todo el planeta, y la forma más rápida y económica de comunicarse antes de que existieran los e-mails, era a través del Telex. Marita, sin saber ni una pizca de inglés, tipeaba los mensajes a una velocidad increíble, con un margen de error del 0%. El Gerente General de la Compañía no lo dudó ni un instante: “Marita, a partir de hoy usted va a ser la encargada y única operadora de la oficina de Telex. Pero haga de cuenta que es ciega, sorda y muda. La información que pasa por esta oficina es altamente confidencial. No me falle.”

Lo primero que hizo Marita fue pegar un letrero en la puerta de su nueva oficina: “Prohibido el acceso a toda persona ajena al sector” para luego encerrarse a ejecutar sobre el teclado de la misma manera en que un eximio pianista lo haría en el Colón. Las cintas perforadas entraban y salían de ese enjendro a la velocidad de la luz, sin que una sola pizca de información fuera a caer en las manos equivocadas.

Pero, estaba Susana.

En la selva de la Yoursister’s Susana era la serpiente: sigilosa, astuta, traicionera y venenosa. Susana creía que porque tenía un cargo alto podía entrar a la oficina de Marita cuando se le antojara y con el pretexto de socializar metía la mano entre los mensajes recibidos: “¿Esto es para mí?” preguntaba, mientras miraba de reojo todo lo que podía. “Susana, no es para vos, no seas chusma querés. Te voy a tener que pedir que te retires si no.” Susana hacía caso omiso a las reiteradas advertencias de Marita, ignorando que se estaba metiendo con la presa… y con la leona.

Un día llegó a oídos de Marita el rumor de que se había filtrado un mensaje confidencial proveniente de la oficina de Nueva York, y que Susana se estaba encargando muy bien culpar a Marita divulgando la calumnia por toda la empresa. Los pasillos ardían en susurros, pero dicen algunos que en un momento se escuchó un terrible rugido. La puerta de la oficina de los misterios dejó salir a la fiera sin oponer resistencia: “¡Susana! ¿Podés venir un momento por favor?” La misma puerta se cerró detrás de la víctima garantizando la ausencia de testigos.

“Escuchame bien gorrrrda hija de mil putas! ¿Qué carajo andás diciendo por ahí? Mirá gorrrda de mierda, conmigo no te metás porque te reviento las tetas ¿me entendés gorrrda? Si me llego a enterar que andás hablando mal de mí, te paso por arriba con el auto, gorrrda del orto. Me importa 7 carajos tu cargo, si te agarro en la calle te re cago a trompadas gorrrrda. ¿Me oíste bien? Me costó mucho llegar a donde llegué y no voy a permitir que una gorrrda pelotuda como vos me venga a cagar la vida, así que ya sabés.”

La oficina de Recursos Humanos se encargó de poner paños fríos a la situación, asegurándole a Marita que no tenían ninguna duda sobre su desempeño y advirtiendo a Susana que si no corregía su comportamiento, deberían replantear su posición.

Susana regresó a su escritorio pálida y con los ojos llorosos. Sus compañeras la consolaban: “Su, no te pongas así, esto no pasa de una llamada de atención. No te van a echar. Olvidate.” Pero Susana no paraba de moquear hasta estallar en un llanto desconsolado. Nadie entendía por qué estaba tan herida.

Pero la Ley de La Selva es así, y la Leona sabe en dónde hincar el diente: “Es que me dijo gorda!!! Marita me dijo gooordaaa…”

Jungle Boogie LISTEN

Wild and Peaceful - Kool & the Gang

Palabras Palabras

palabras¿Y cómo era?

Siempre fue más bien callado. Su perpetua sonrisa a medias daba la impresión de que tenía la mente en blanco, de que no había nada dentro de él, alguien que no habla porque no tiene nada interesante para decir (un gran gesto de altruismo para con los demás, algo sumamente inusual, hay que decirlo). Hasta parecía un poco tonto. Error. Resultó ser quien me diría las palabras que cualquier chica quiere escuchar, inclusive yo. Creo que hasta tenía la capacidad de detener el tiempo en esas contadas ocasiones, solo para hacerse oír, para que yo oiga. Quizá por eso no me acuerdo mucho de los demás, solo de él.

No sé cómo explicarlo, si era lo que decía, cómo lo decía o las dos cosas. En esa época la gran mayoría de mis amistades eran varones. Me divertían mucho sus groserías y más me divertía ser la chica de todos y la novia de ninguno. A excepción del tonto. Él estaba en ese círculo, pero en segundo plano, observando, escuchando, sonriendo, el tontito del grupo ignorado por mí. Y sin embargo era el único que lograba sacarme de mi distracción por default cuando se le antojaba. Una noche en un bar cualquiera, mientras los demás enturbiaban el ambiente con sus brutalidades, por primera vez emergió de la sombra. Sentí cómo sus ojos detuvieron el aire envolviéndolo sobre mí. Ahogó los ruidos con un ligero suspiro y dijo: “Vera, sos la mujer con las piernas más hermosas que haya visto nunca.”

No sé si no me mojé.

Teníamos un cumpleaños. Dejé que pasara a buscarme cuando ni siquiera me había lavado el cabello, dejando en claro que para mí su tiempo no valía nada. Me esperó. Mientras me peinaba, canté como si él no estuviera: Ahora ya no llora, preso en mi ciudad aha aha, casi ya no llora, atrapado en libertaaaaad… Mientras tanto, él miraba a la pared y meneaba levemente la cabeza. Inesperadamente se volvió hacia mí: “¿Sabés? A mí no me gustan los Redondos, pero me acabo de dar cuenta de que si la canción la cantás vos, me encanta… tenés la voz de un ángel.”

Cosquillas en mi espalda. ¿Serían las alas que nunca antes había tenido?

Confundí su parquedad con timidez, su silencio con insignificancia. Me pareció que provocarlo y despreciarlo al mismo tiempo era diversión gratis. Él me dedicaba sus mejores halagos y yo le pagaba con burlas, me obsequiaba puras perlas a cambio de mi arena, para que siga cultivando. Jamás se quejó. Una tarde paseábamos en su auto, él muy relajado, feliz de tenerme a su lado, yo tensa y áspera como de costumbre, para molestarlo. Aprovechó un silencio casual y con toda serenidad me aniquiló: “Vos no te das cuenta, pero sos un diamante en bruto. Y yo, yo voy a pulirte, no me voy a cansar hasta darte la forma perfecta. Yo voy a ser tu Pigmalión.”

Por un microsegundo me sentí Galatea, mi coraza de marfil cediendo al calor de los dedos de mi Pigmalión. Pero el microsegundo pasó y el frío marfil no cedió. No sé por qué, no sé…

Creo que me amaba.

Creo que jamás lo amé.

Creo que fue mi juguete.

Creo que jugó conmigo.

Hasta que se casó Dany. Una lujosa fiesta en la que las mujeres parecían escapadas de una tienda de disfraces y cualquier perdedor con corbata se veía respetable. Yo en cambio no me vestí de largo ni fui a la peluquería, me arreglé así nomás… si total iba con él. Aún así me trató como si fuera el centro de la fiesta. No despegó su negra mirada de mí ni siquiera por un minuto. Me adoró. Me idolatró. Y delante de todos declaró: “Esta noche nos ponemos de novios, vas a ver… después de la fiesta.”

Por primera vez lo vi. Era hermoso, y estaba radiante.

¿Y?

No sé, al final la fiesta terminó y no me dijo nada… después de un tiempo no supe más de él.

¿Nada? ¿Y no se volvieron a ver? Increíble que haya quedado todo ahí… Hmmm, bueno, no te habrás casado, pero por lo que contás me imagino el voltaje de sexo que habrás tenido con el calladito!

Aahh sí… es decir, no.

¿?

No… nunca nos acostamos. Nada más tuvimos sexo oral… bueno, verbal.

Bang Bang (My baby shot me down) LISTEN

How Does That Grab You - Nancy Sinatra

Ver para creer

wowDespués de los ravioles del domingo y el vinito, Don Antonio se apartó del bullicio de nietos, hijos, cuñadas y nueras y se sentó plácidamente a la sombra del tilo. Como le sucedía casi siempre últimamente, un sopor del que no intentaba escapar lo llevaba a ese extraño lugar entre la vigilia y el sueño, entre el presente y los recuerdos. Doña Ángela lo vigilaba a la distancia, atenta a cualquier gesto, y lista para actuar ante la contingencia cada vez más frecuente de una descompensación.

Aliviada, notó que esa leve convulsión era la risa de Antonio, soñando quién sabe qué.

Cuando abrimos el night club (nunca me gustó llamarlo cabaret) en el año ‘49 con Osvaldo y Carlitos fue una locura bárbara el éxito que tuvo. En seguida nos hicimos conocidos y respetables, la gente venía de todos lados, algunos desde muy lejos. Teníamos las mejores orquestas, con los cantores más aplaudidos, las bebidas eran importadas y teníamos las mejores chicas. Criaturas exquisitas, educadas, vestidas como reinas o estrellas de cine… ¿Qué será de Elvira? Qué linda piba esa.

Y los caballeros empilchaban de lo lindo, algunos se venían de traje y zapatos blancos, muchos bajaban de unos autos que eran un lujo, con chofer y todo. El ambiente era de lo mejor de Buenos Aires, hasta han venido personajes famosos, sabiendo que se los trataría con la mayor discreción. Todos se sentían bien y se divertían. Carlitos decía que él tenía el secreto de por qué todos estaban alegres: decía que tiraba un poquito de droga por los ventiladores de techo. Nosotros no le creíamos, pero quién sabe.

¡Qué época linda! Todos ganábamos buena plata, nunca se armaba quilombo, los clientes se hacían “habitués” y las chicas estaban cómodas. Algunas conversaban con nosotros, nos contaban sus vidas, sus anhelos, como si fuéramos hermanos. Como Elvirita, qué linda piba esa…

“¿Sabés Antonio? Estoy contenta porque estoy por cumplir un sueño. Estoy juntando plata y ya me falta poco. Me voy a ir al Brasil.”

“¡No me digas que nos vas a dejar, Elvirita! Pero te entiendo, las playas de Brasil, el calor, los carnavales, es un lugar soñado… te entiendo.”

“No Antonio, no los voy a dejar, me voy por un tiempo nomás. Pero no por lo que vos decís. Quiero cumplir mi fantasía.”

“¿Y se puede saber cuál es?”

“Sí, claro. Viste lo que dicen, ¡que los negros la tienen bien grande! Y acá no hay ningún negro. Yo me voy al Brasil para acostarme con un negro.”

Fue una sorpresa verla de vuelta en el club a los pocos días: “Pero Elvira ¿no te habías ido al Brasil?”

“Si, ya fui.”

“¿Y cómo es que volviste tan pronto? ¿No te conseguiste ningún negro?”

“Ay Antonio, me fui con toda la ilusión. Y tuve una suerte bárbara. Apenas me instalé, salí a bailar. ¡Me enganché un negro que parecía un dibujo! ¡Qué cuerpo, qué piel! No veía la hora de verlo desnudo. Bailamos toda la noche, y al final, me lo llevé a la pieza.”

“¿Y qué pasó?”

“Y nada, que cuando se sacó la ropa, casi me muero. ¡Qué miembro! Nunca había visto algo tan grande, una cosa increíble!”

“¿Y qué hiciste?”

“¡Nada, me vestí y me volví!”

“Jaja, el miedo no es zonzo Elvira”

“No te riás, Antonio.”

“¿Viejo, estás bien? Estabas soñando… ¿De qué te reías?” “Estoy bien viejita, me acordé de un chiste. Vení dame un besito que los chicos no nos ven.” “Antonio, cómo sos, eh! Bueno, pero uno solo, viejito picarón.”

You Sexy Thing LISTEN

You Sexy Thing - Hot Chocolate

Simple

side A side B

Hola Ana, yo soy Lorena, del curso” dije, y me di cuenta de que íbamos a ser grandes amigas, de esas a las que les contás la vida. Y la mía no era fácil.Yo tuve cáncer cuando tenía apenas veinte años, y entre operaciones y quimio, mi carrera de periodista se esfumó. Mi hermano estaba a punto de ser futbolista profesional cuando descubrieron su malformación en los huesos del pie, mi mamá andaba mal de la presión y mi papá no podía trabajar, porque después de aquélla enfermedad, en fin…

Íbamos a tomar café y ella pagaba siempre ¡qué generosa! Y hablábamos horas. Le conté que tenía un trabajo bastante malo, y aunque me llamaron de varios lugares, tuve que rechazar ofertas… no me convenían.

Le conté cosas lindas también: que me estoy por recibir de Profesora de Literatura Inglesa, que cuando Kevin, mi amigo de Nueva Zelanda, viene de visita paseamos por todos lados (porque soy guía turística también)… hasta de cuando se me ocurrió escribirle a la NASA por una tarea del colegio ¡y ellos me contestaron! Ana no salía de su asombro y casi no podía hablar.

Pero llegó un momento en que Ana me empezó a pesar.

Sí, porque siempre me escuchaba pero no me contaba nada, me la pasaba hablando sola y no me dejaba ir. Y yo vivo lejos, no puedo andar pagando taxis porque se me hizo tarde.

Además, cada vez que teníamos que arreglar para juntarnos, era re difícil ponerse de acuerdo con los tiempos. Siempre un problema.

A lo último nos contactábamos solo por mail o por teléfono. Y yo le escribía o la llamaba de lástima, porque no es mala mina. Pero yo creo que se dio cuenta, y con el tiempo no insistió más.

Es duro lo que voy a decir, pero yo cáncer ya tuve… y a ella también me la extirpé.

Ana, ¿no la viste más a Lorena?” Ay, por favor ni me hablés de Lorena. ¡Qué mina pesada resultó ser! Ya desde el principio se me pegó y desde que empezó a hablar no paró más.La verdad que era una chica simpática y el tema de su enfermedad tan jovencita, debo reconocer que me llegó. Pero con el tiempo empecé a dudar de las cosas que contaba. Todo era un problema: ella con cáncer, la madre enferma, el padre que quedó minusválido, el hermano que no llegó a ser crack de Independiente porque no sé qué mierda tenía en el pie. Menos mal que no tenía perro porque seguro era epiléptico.

Después le pintaba la charla risueña… ¡me llegó a decir que se carteaba con la NASA cuando era chica! Que tenía amigos hasta en Nueva Zelandia. Que era periodista, profesora de literatura, guía de turismo… todo para terminar en un trabajo de mierda en donde le pagaban dos pesos con cincuenta. ¡Y encima se quedaba!

El colmo es que cada vez que íbamos a tomar algo, cuando llegaba la cuenta se hacía la distraída y terminaba pagando yo. Y como no paraba de hablar, se hacía cada vez más tarde. Una vez, para sacármela de encima hasta le tuve que dar plata para el taxi.

Y lo peor de todo es que no me dejaba hablar. Cada llamada por teléfono duraba horas. Yo creo que no sabe nada de mí.

Encima, una histérica. Me proponía salir a tomar algo, ella elegía día, hora y lugar, después me cambiaba la cita a cada rato, y era muy capaz de cancelarla a último momento con alguna excusa inverosímil.

Un día me cansé y dejé de responder sus mails y de atender sus llamados, hasta que desistió.

Mirá, es muy duro lo que te voy a decir: yo no habré tenido cáncer, pero de ella me tuve que operar.

side B side A

Believe What You’re Saying WATCH

File Under Easy Listening - Sugar

El primer punk

fckySegún Wikipedia, el punk era una forma expresionista de transgresión, buscando liberarse de los corsés estéticos, de la opresión y la autoridad, y en no estar de acuerdo con la sociedad convencional. El punk original no daba explicaciones y buscaba incomodar a lo establecido chocando, ofendiendo y molestando, siendo siempre lo “políticamente incorrecto” y lo opuesto al buen gusto, la moral y la tradición.

La mayoría de las fuentes ubicarían el inicio del movimiento punk en el Reino Unido, a mediados de los años ‘70s. ¿Pero sabés que no? Además de haber inventado la birome, el colectivo y el dulce de leche, los argentinos también inventamos el punk. Toda la filosofía arriba descripta se vino a sublimar en Haroldo, que para los años ‘60s ya era grandecito, había formado una familia y era inspector de la 101.

Y era re punk.

Haroldo buscaba (o simplemente se topaba con) la ocasión de molestar, de incomodar, de hacer todo lo contrario de lo que los demás esperaban, con el único propósito de divertirse. Las navidades y los carnavales eran las épocas más propicias para sus travesuras. Pirotecnia para las primeras, limones para los segundos. Porque en los carnavales nunca faltaba una orquesta con sección de vientos; Haroldo solía ubicarse bien cerca de los trompetistas, y en la mitad del show sacaba un limón de su bolsillo y lo chupaba impunemente, hasta que al pobre músico se le inundara la boca con saliva y se viera obligado a abandonar la orquesta.

En las subtropicales navidades, luego de brindar salía a la calle con su rudimentaria artillería para jugar bromas de dudoso éxito. Lo que más le divertía era pasar por la ventana abierta de los García y tirarles un petardo adentro del comedor en plena sobremesa, recibiendo contundentes insultos y proyectiles improvisados. Así como un punk inglés a lo sumo se clavaría un alfiler en la nariz sin lagrimear, Haroldo se la bancaba estoicamente cuando le tocaba ser víctima de sus propias bromas. Desde los traicioneros petardos que le explotaron en la mano, hasta las tímidas bengalitas para niños; ésas, con las que jugó toda la noche alegremente hasta que regresó a su casa, en donde notó que las laboriosas chispas habían forjado un colador en su flamante camisa de tela sintética.

El resto del año también ofrecía oportunidades para sus andanzas. Y su incauto primogénito, una de sus víctimas preferidas, también. Si salían a caminar después de una lluvia, Haroldo se aprovechaba de su estatura para pegarle a las ramas de los árboles, empapando al resignado infante. El mismo, que no podía tomar un sorbo de Coca Cola sin que Haroldo le pegara en la espalda para sacarle la misteriosa fórmula por la nariz. El mismo, que recibía cariñosas pantuflas voladoras cada vez que se levantaba a hacer pis en medio de la noche. El mismo, que más que víctima era cómplice. El único, que era el objeto de su adoración.

Haroldo no respetaba a sus mayores: despreciaba a las viejas chusmas del barrio, ofrendándoles una cortés sonrisa y un saludo, mitad en voz alta, mitad por lo bajo: “Que le vaya bien… (adentro)” o “Hasta mañana… (no te la saco)”. Despreciaba también a la autoridad. Aunque se suponía que él era la autoridad en la 101 (¿?). El día que le dieron el escudito de inspector a modo de investidura, se lo abrochó en la bragueta demostrando empíricamente por dónde se lo pasaba.

Una sola broma casi le sale muy mal. Un verano se ofreció una gran fiesta en el campo de sus tías. Asado, vino, gauchos, caballos y baile. Luego de un rato de ausencia, Haroldo se apareció en el baile vestido de mujer. Un pobre gaucho (o muy en pedo o muy corto de vista) se enamoró locamente de la desconocida paisanita y persiguió a Haroldo hasta la alameda, en donde la oscuridad lo salvó de ser también el precursor del movimiento gay de la Pampa Húmeda.

Su rebeldía lo llevó también a contrariar las leyes físicas del movimiento (no así las de la inercia), convirtiéndose en el Julio Verne del control remoto. Porque sin moverse de su sillón lograba maniobrar su televisor valiéndose de un palo de escoba. Aunque otras veces, sus controles a distancia se tornaban contraproducentes: tratando de espantar a una gallina inglesa (esas de riña) que se había colado en el patio familiar durante un almuerzo, no se le ocurrió mejor idea que utilizar un arsenal de migas de pan a modo de proyectiles, bastante certeros pero que a la larga sirvieron de alimento a la confianzuda ave, que a partir de ese momento se adueñó de partes de la casa tales como el baño, impidiendo la entrada a cualquier pariente en apuros.

Haroldo había transgredido casi todas las reglas y desafiado toda autoridad. La única que le faltaba era la autoridad médica, desobedeciendo todos y cada uno de sus consejos, quebrantando absolutamente todas sus prohibiciones.

Hacerles caso no era punk. Y además, no valía la pena, el mundo se estaba poniendo muy aburrido ya…

I Faught The Law WATCH

I Faught The Law - The Clash

Hombres, Mujeres, Máquinas

AlVolante “Por más que lo jures y perjures, no te voy a creer que tu novio te está enseñando a manejar y jamás te gritó ni te insultó.” (Todas) “¡¡Naaaah!!”

“Mirá querida, todas las que estamos en esta mesa (y todas nuestras conocidas) tuvieron que pagar un instructor. Ninguna quiso soportar el maltrato de padres, hermanos, novios y/o maridos. El instructor también te quiere putear, pero se muerde la lengua, porque sabe que si no, no cobra.”

“Bueno, no sé, ustedes conocen a Fran, él es re tranquilo y me tiene toda la paciencia. De verdad que me está enseñando y no se enoja nunca. Es más, le rayé un poquito el paragolpes de adelante cuando trataba de estacionar y ni siquiera así me insultó.”

(Todas) “¡¡Andaaaaaaaaaaaaaaá!!” “Basta nena, no te creo ¿encima le rayaste el auto y me vas a decir que no te gritó? Mirá, a mí por mucho menos mi marido casi me pega.”

“¡Es verdad! A mí me enseñó mi papá, que nunca me retaba, pero cada vez que se subía al auto conmigo me cagaba a gritos y terminaba saliendo del auto con un portazo y yo llorando.”

“Ni te cuento si te toca tu hermano mayor, querida… con el mío terminamos tirándonos del pelo, peleando como dos perros callejeros.”

“Es así chicas, todos los hombres son iguales. Todo muy lindo, besito, mimito, pero si les tocás el auto te quieren matar (como mínimo).”

“Pero vos estás en pedo, o te volviste loco. ¿Cómo te vas a poner a enseñarle a tu novia a manejar con TU auto?” (Todos) “¡¡Uuuuhhh nooo!!”

“No, no, ¡simplemente no puede ser! Las minas son un desastre manejando, ni que hablar si están aprendiendo. No tienen idea de nada, no entienden los cambios, pisan el embrague todo el tiempo y el espejo lo usan para maquillarse. Y no quiero entrar en el tema de cómo estacionan.”

“Pero no te creas, Vicky maneja bastante bien para ser que está empezando. Es cierto que estacionar le cuesta todavía, pero un rayón solo me hizo.”

(Todos) “¿¿¿Queeeé???” “¿Te rayó el coche encima? ¿Y no la estrangulaste? Yo la maaato. Igual te digo que ni llego a esa instancia. Ni-en-pe-do le doy el auto a mi novia, y menos me pondría a enseñarle. Que haga mierda el auto de otro si quiere, o que pague el curso y después que use su propio auto.”

“Es así macho, las minas son todas iguales. Cuanto menos salgan de la cocina, mejor, porque cuando se suben al auto las querés matar.”

–  ¿Y Fran, cómo estuve?

–  Bien Vicky. Tratá de mirar los espejos y anticipar tus maniobras con las luces… te olvidaste un par de veces, pero el andar está bueno. Ahora tenés que practicar estacionar.

–  Ay, nooo… estoy cansada, me pone nerviosa manejar ¿no lo podemos dejar para otro día? ¡Mirá si te rompo el auto, o el de otra gente!

–  No, dale, vamos a buscar un lugar tranquilo y estacionás sin autos alrededor. Mirá, allá adelante hay unos postes que te van a servir de referencia.

–  Uufff, no sé, no me animo… ¡mirá cómo estaré, que con el frío que hace estoy sudando!

–  Basta, son excusas. Empecemos. Acordate: son tres maniobras y mirá siempre los espejos.

–  Ok, a ver, pongo primera… pongo el auto paralelo al de adelante… y meto marcha atrás. ¡Puta madre! Se me paró. A ver, de vuelta… lo dejé muy lejos… Esperá que pruebo otra vez… ¡ay no! ¡no me sale!

–  Tranquila Vicky, despacito.

–  Esperá Fran, me estoy muriendo de calor, me saco el sweater. ¡Qué desastre! Estoy sudando como loca… ppffff… a ver, a ver, esta vez me sale… ¡¡Aaaaaa!!, casi me choco el poste!! Fran, no puedo más del calor, ¡mirá estoy empapada! No aguanto más. Dame un minuto: me saco la remera también. ¡El pantalón! ¡mirá el pantalón como quedó!

–  Vicky, Vickyyyy, estás en ropa interior…

–  ¡Ya sé, ya sé Fran! pero acá no hay nadie y yo no puedo practicar si me muero de calor. Aaahhhh… uuufff… otra vez, a ver… primera… así, ahí lo puse bien pero quedé muy afuera… lo corrijo… ¡Uyyyy nooo, no me mates! Creo que te rayé el paragolpes de adelante.

–  ¡Vicky, paraaá! … estás toda mojada… hasta el asiento está mojado.

–  ¡Pero si te dije! mirá mi corpiño… tiene sudor todo por adentro.

–  ¿Ah, sí? ¿Y la bombacha?

–  Inundada. Fran, estoy TODA mojada.

–  ¿Toda, pero toda?

–  Sí papito, me tengo que sacar todo esto porque no doy más, tengo mucho, pero MUCHO calorrr…

–  Vicky, que bueno que los cristales son polarizados, porque te voy a matar ahora mismo.

–  Pero vení, ¡matameee!

Es así, los hombres y las mujeres son todos iguales… todo muy lindo pero siempre que ellas se suben al auto, ellos las quieren matar.

Sube a mi voiture WATCH

Zona de nadie - Riff

Existe una vida mejor

pucheroCuando la vida de una está llena de horas vacías, (o vacía de horas llenas, no sé) le termina prestando atención a cada salame! No lo puedo evitar, la gente que tiene mala onda me afecta. Y acá, en este pueblito costero, carente de habitantes y atestado de turistas, se me hace más difícil. Porque hace poco que vivo acá, no tengo amigas y mi marido está todo el día fuera de casa trabajando. Los demás son solo transeúntes. Finalmente a las únicas personas que conozco son la familia que atiende el mercadito.

Es próspero el mercadito. Me di cuenta cuando noté que estaba bien limpio y bien surtido. Y también me di cuenta cuando me cobraron 100 pesos por un queso crema, un kilo de pan, una soda y un paquete de yerba. Pero bueno, ya se sabe que esta gente sólo tiene el verano para trabajar bien, los turistas vienen con plata… y a los locales, bueno, nadie nos conoce en verano.

Están bien organizados, de manera que cada uno cumple una función. La señora y madre de familia atiende la caja. Tiene la piel joven, pero el pelo muy canoso y una particular expresión en la cara que lleva muchos amargos años acuñar. La hija mayor está en la panadería, con cara de estar presa por un crimen que no cometió. Estoy pensando en dejar de comer pan para evitarla. Los dos varones pre adolescentes parecen pasar un buen rato atendiendo la verdulería. No me queda claro si las hortalizas hacen las veces de juguetes o si se concentran sólo en las que tienen forma de pija. Pero al menos atienden bien el negocio.

Ahora, la carnicería es un velorio. El padre de familia está a cargo de esta sección. Es alto, rubio, bastante buen mozo, pero su actitud sombría y desganada lo transforma en una persona desagradable. No hay una sola vez que vaya y no lo encuentre quejándose y lamentándose con el cliente de turno. Cuando me toca a mí, me da hasta vergüenza pedirle un pollo entero sellado en una bolsa, por temor a quedar como una abusadora.  Hace todo lo que puede para demostrar que es una víctima de la vida por tener que estar detrás de ese mostrador horas y horas, todos los días. Parece alegrarse cuando le dice al turista incauto que no le queda ni tira de asado ni chorizo, cosa de cagarle bien el asado.

Trato de usar una sonrisa para protegerme de tanta desidia, y no me sirve de mucho. Me atiende de mala gana, me vende cualquier porquería y me cobra lo que quiere… y aún así, ni siquiera lo disfruta.

Cada vez que vuelvo del mercadito me cuesta un buen rato deshacerme de la molesta sensación que me deja este pelotudo.

Y eso que en un punto casi que lo entiendo. Atender un negocio que está a escasos 50 metros de la playa durante todo el verano, mañana, tarde y noche y sin fines de semana libres, además de cansador debe ser medio frustrante. Tener el mar tan cerca y no poder disfrutarlo, es bastante triste. Los turistas se llevan el verano consigo y no te lo devuelven. Lo que queda es prepararse para el crudo invierno que el ingrato mar se encarga de afilar, como si quisiera vengarse por todo lo que le hicieron en solo dos meses. Al final, pobre tipo…

Y estamos llegando a Marzo. No nos fue tan bien como esperábamos; mi marido trabajó sin descanso (como todos acá en la temporada), pero no se vendió mucho y nos estamos yendo casi igual que cuando vinimos. Yo que pensaba en unas lindas vacaciones en alguna playa de por acá, y ahora estoy juntando mis cositas para volver a casa.

Estamos llegando a Marzo. El mercadito ya no está tan surtido, cierra unas cuantas horas al mediodía, nunca hay demasiada gente, y la que está, compra y gasta poco. Para mi sorpresa, la cara del carnicero cambió rotundamente. Recién ahora me doy cuenta de que tiene dientes porque es la primera vez que lo veo sonreír. Ahora bromea con la poca clientela que hay, se hace el galán con las pendejas, a veces atiende la caja y aunque solo maneja cambio chico, le brillan los ojitos con una chispa hasta ahora desconocida.

Ayer fui a comprar nada más que una lata de tomates y al momento de cobrarme, me dio charla por primera vez en 2 meses. “Bueno, bueno, ya se termina la temporada… de a poco se van yendo todos a su casita. Ahora vienen mis vacaciones.” “Sí, claro, me imagino que estará muy cansado pero contento.” “La verdad que sí, trabajé mucho este año, pero ya tengo todo organizado para las vacaciones. Ya compré los pasajes de avión y nos vamos todos a Punta Cana con unos amigos, a un all-inclusive que está bárbaro, te tratan como a un rey, comés todo lo que querés, te sirven tragos en la pileta, una maravilla. Nosotros vamos todos los años, ¡es una locura! Ni comparación con las playas de acá.” decía mientras se frotaba las palmas de las manos.

Qué lástima que las cuchillas de la carnicería ya estaban bien guardadas…

Winners and Losers WATCH

Blah Blah Blah - Iggy Pop

Infancia difícil

VArriba, arriba, arriba, hasta que llegó a los ojos de Sebastián: “Sebas, ¿y vos de qué cuadro sos?” “De Vélez.” “Ah… yo soy de Boca como papá. Mi hermana se hizo de River y ahora se pelean todo el tiempo. Yo no.” “Está muy bien, nunca te tenés que cambiar de cuadro, eso no se hace, no hagas como tu hermana”… … … “Chee, así que llamaron a Bianchi de vuelta ustedes…?? ¡Siguen sacando gente de Vélez! ¡Así cualquiera!” “Psssst, calláte, ahora que salieron campeones resulta que te acordaste que sos de Vélez! “¿Qué decís? Yo al Fortín lo sigo a muerte!!” Lucía movía sus ojos inquisidores desde allá abajo… de papá a Sebas, de Sebas a papá. “Sebas, ¿sabías que cuando se fue Palermo mi papá lloró?” “Y, sí hija ¿quién va a hacer tantos goles ahora?

Al rato llegaron la cena, el vino y con él, la sinceridad.

“Che, Sebastián, ¿pero vos de chico no eras de Independiente?” “See, claro, mi papá es vi-ta-li-cio del rojo. Y me hizo de Independiente, justo cuando salió campeón de todo, el Rey de Copas. Pero después resulta que nos mudamos a Liniers y cuando tenía 8 me mandó a la colonia de Vélez y al final me terminé cambiando de equipo. Lo que pasa es que cada vez que decía que era del rojo en la colonia, los pibes me cagaban a trompadas, así que empecé a decir que era de Vélez. Y después en mi casa se me escapaba decir que era de Vélez y mi viejo me cagaba a trompadas. En una palabra, me pasaba de equipo según quién me pegara más fuerte.”

“No te puedo creer… pero igual tu ídolo es Bianchi.” “¿Bianchi? A Bianchi lo odio. A él y a Benito.” “¡Pero si fueron los más grandes goleadores de Vélez!” “Sí, ya sé, pero los odio porque me comían el yogur.”

“¿¿¿????”

La verdad que yo en la colonia de Vélez la pasé muy mal. Yo quería estar solo, no me gustaba almorzar con los demás chicos ni nada. Lo único bueno era que mi mamá siempre me daba el yogur ése que venía en frasco de vidrio, todos los días. Entonces yo me iba a un rincón del club a comerlo solo. Era mi único momento feliz. Hasta que un buen día pasa Bianchi. ¡Bianchi con Benito! Me los quedé mirando y en eso Bianchi me saca el yogur y se lo empieza a comer, después le convida a Benito y cuando estaba casi vacío dijo “¡Dáselo al pibe che!” y se cagaban de risa. Otro día me encontraron de vuelta y me hicieron lo mismo… yo cambiaba de lugar, pero siempre me encontraban y me afanaban el yogur.

Y así unas cuantas, hasta que en una de ésas Bianchi le dice a Benito: “Pobre pibe, dame que le firmamos la pelota.” Me levanté y me agarré los huevitos: “¿Por qué no me firmás éstas?”. Cuando le conté a mi viejo, me dijo: “¿Cómo le vas a contestar así a Bianchi? Y me fajó. Desde ahí que lo odio a Bianchi. Igual, mirá las vueltas de la vida, el tipo ahora vuelve a Boca, y yo cuando nací era de Boca.”

¿Eh?” “Sí, mis tías eran todas de Boca. Fanáticas. Y fui de Boca como hasta los 5, que me pasé al rojo.” “Claro, por tu papá.” “Noo, porque mis tías me hicieron la camiseta de Boca tejida, que picaba como la puta madre.”

Sintió que Lucía tironeó de su remera: “Papi, ¿a Malena no le habrá robado el yogur Palermo?

En todas las canchas LISTEN

Lobo atado, cordero suelto

sheepSu casa misma era como un Conservatorio. Una mujer opaca abrió la pesada puerta y me condujo a su estudio. Y ahí estaba él, parado al lado de su piano, rodeado de instrumentos de viento, libros, partituras y un silencio prometedor. La distancia entre nosotros era atroz: él era “el Maestro”, solemne, altivo y (muy) anciano. Yo, “una alumna más”, insolente, ambiciosa y (muy) joven. Necesitaba urgentemente la ayuda de un experto para ampliar el mezquino registro de mi voz, así que me presenté cargada de ansiedad y determinación, dispuesta a trabajar duro para lograrlo cuanto antes. Sin embargo, el Maestro se limitó a decirme que antes que nada tenía que hacerme una limpieza de nariz-garganta-y-oído con agua y sal, y me despachó para mi casa. Qué desencanto… y qué asco!

No sé por qué volví, pero lo hice. El Maestro me tenía bien cortita (como las minifaldas que yo usaba), y gradualmente, luego de arduos ejercicios y repeticiones, algo casi mágico empezó a obrar en mis cuerdas vocales. Mientras el Maestro violentaba las teclas, el sonido del piano parecía encontrar el modo de meterse por mis entrañas, subir hasta mi corazón estrujándolo a su paso, y salir por mi boca transformado en el canto más perfecto, como si fuera de otra. El Maestro no me miraba jamás, pero la energía que emanaba su menudo cuerpo se sentía como los hilos del titiritero, unidos a mis miembros ya sin voluntad propia.

Con la ayuda de su magnífico piano, la certeza de sus movimientos, la mínima sonrisa que dibujaba en su rostro y un par de gritos autoritarios, el Maestro logró llevar mi voz a límites imposibles. La primera vez que llegué a la nota más exigente, me puse a llorar de felicidad. Entonces me miró por primera vez y me abrazó orgulloso, descorchando por fin su alma como si fuera su vino más preciado, solo para mí.

Todo cambió desde ese momento: dejó de gritarme, me contaba historias de su carrera como trompetista, hacía bromas, sonreía durante las clases. y cada tanto… una palmadita en mi muslo mientras decía: “Qué lindas gambitas…

A medida que pasaba el tiempo, mi performance en los recitales pasó de interesante a excepcional. Paralelamente, nuestros momentos en su estudio transcurrían sobre dos rieles que no siempre eran paralelos: la música y el erotismo. Al terminar cada pieza quedábamos mutuamente saciados y exhaustos; tan íntimamente unidos estábamos por los acordes, el ritmo y las vibraciones, que resultaba difícil determinar la naturaleza de nuestra satisfacción. Y cada tanto… una palmadita en mi muslo.

Así las cosas, hasta esa tarde. Ésa, en la que en medio de una clase cualquiera sentenció un descanso y con un gesto de abuelo tierno, el Maestro me pidió que me sentara en sus rodillas ¿le iba a decir que no? Como si se tratara de un juego inocente, obedecí la dulce orden con sumisión y descaro. Una vez en su regazo me estrechó repentinamente contra su pecho con fuerza, como si estuviera a punto de caer, y acercó su boca a mi oído. Una voz irreconocible, inusitadamente joven, viril y entrecortada gimió en mi cuello: “¿Pero es que querés volverme loco? Me volvés loco… loco…” Y me soltó violentamente para continuar con la clase como si nada. Quedé aturdida por un rato y perturbada por mucho tiempo. No fue lo que hizo o dijo. Fue la voz. Esa voz no era la del anciano Maestro-cordero, era la de un joven animal, un lobo lleno de vitalidad, de ansia y salvajismo, condicionado por un cuerpo que lo mantendría en cautiverio hasta que la Muerte decidiera lo contrario.

Esa tarde cambió el rumbo (y la duración) de mi vida, porque yo no pienso terminar igual que mi Maestro, yo opté por la libertad. Así es que dejé las clases de canto y estoy ahora buscando algún maestro de arpa, no sea cosa que llegado el momento San Pedro no me encuentre bien preparada.

Better to burn out than to fade away… Hey Hey My My LISTEN

My My Hey Hey - Neil Young