Un ojo blindado

ojoNo puede ser. Los análisis clínicos me dieron perfecto otra vez. Hace como 5 años que la empresa me obliga a hacerme exámenes médicos con el pretexto de las medidas sanitarias y no sé qué patrañas. Y siempre me dan bien. ¡No puede ser, acá hay algo raro! Un tipo que fuma como un escuerzo, que come como una piraña, que bebe como un camello, que coge como un perro (aparte de que debería ser examinado por un veterinario) no puede tener el colesterol bien, los pulmones limpios, y el hígado entero. Insisto, debe haber algún tipo de trampa. Porque yo no confío en nadie, y mucho menos en los médicos, jamás iría voluntariamente a uno. Porque son unos mentirosos, unos asesinos, unos psicópatas, unos ladrones que comercian con la salud de de los enfermos, y con la enfermedad de los sanos también. Nunca fui al dentista porque te dicen que te hacen esto y aquello, y yo ¿cómo sé que no me están mintiendo si no puedo ver nada? Yo lo arreglo fácil. En el cajón de la cocina tengo una tenaza que uso generalmente para girar la perilla rota del horno y algunas veces para sacarme las muelas. Un litro de vodka, un tirón y chau muela. Del resto el cuerpo se encarga solo.

Yo no puedo bajar la guardia ni un minuto. Porque siempre hay alguien que te quiere cagar. Los médicos más, porque encima son unos sádicos. Aunque en este caso, creo que mis superiores están confabulados también, porque ¿para qué obligarme a hacerme exámenes? ¿por qué siempre dan bien? ¿y por qué siempre en la misma clínica? Ignoro cuáles serán sus propósitos, pero sea lo que fuere que esté pasando, lo voy a averiguar. Dirán que soy paranoico, pero hasta los paranoicos tienen enemigos.

Decididamente en contra de mis convicciones, pedí hacerme los exámenes de nuevo, pero con la condición de que yo elegiría el lugar. Aceptaron sin objeciones. Si bien era lo que yo quería, esa actitud condescendiente me generó desconfianza. Elegí uno que me quedaba en la otra punta de la ciudad, uno cualquiera, no importa, con tal de que no fuera el de siempre.

Llegué bien temprano. Me hicieron pasar a un amplio consultorio y me hicieron esperar un rato. Aproveché para estudiar el terreno: el estilo moderno, despojado y estéril de las instalaciones era levemente inquietante. Extrañamente, la camilla estaba ubicada en el medio de la habitación, había un escritorio hacia un rincón, las paredes, piso y techo eran blanquísimos y había dos puertas: una por donde entré y una más chica al otro lado. La iluminación me recordaba a la de una nave espacial, como en las películas. Eso, parecía la nave del Octavo Pasajero. Solo una cosa parecía fuera de contexto: en una de las paredes se erigía un gran espejo.

¿Un espejo en un consultorio? Me quedó clarísimo… a mí no me engañan! ¿Qué función puede cumplir un espejo ahí que no fuera la de disimular una cámara Gesell? Estaba seguro de que del otro lado había gente, que estaban ahí para observarme y que de hecho, estaban haciéndolo en ese instante; con el propósito de hacerles creer que había caído en el engaño, me acerqué al espejo y fingí acicalar mi barba, también me acomodé el pelo y la ropa. Qué imbéciles…

Unos minutos después vino el canalla correspondiente. Me auscultó, me tomó la presión, me extrajo sangre y se retiró. Aprovechando que estaba solo otra vez, me concentré en agudizar mi oído al máximo para confirmar mis sospechas sin que ellos, los de detrás del espejo se dieran cuenta. Pero el canalla volvió demasiado pronto.

“Bueno, todo bien, ya casi terminamos. Ahora, bajate los pantalones”

“¿Qué?”

“Que te bajes los pantalones flaco, es una inyección… ah, y apuntá las nalgas para allá” en obvia alusión al gran espejo.

“Ta’ bien, pero ya vas a ver hijo de puta”, pensé.

Le clavé la mirada y apreté los dientes, mientras muy lentamente me desabrochaba el cinturón y empezaba a bajarme el pantalón y los calzoncillos, siempre con la vista fija en el médico y el culo apuntando al espejo. Cuando sentí que tenía la situación controlada, me lancé con la velocidad de un rayo y lo tiré al piso de un empujón. Inmediatamente pegué media vuelta y corrí hacia la puerta chica con los pantalones a medio caer. Al abrirla solo encontré una sala oscura y silenciosa.

¡Mmmmierda!

Vacilé unos segundos, y luego estiré mi mano hasta encontrar la tecla de las luces. Y sí, ahí estaban los muy hijos de puta riendo a carcajadas. Le metí una trompada a uno pero cuando quise embocar al segundo, los pantalones se enredaron en mis piernas y la piña pasó de largo. Caí al piso y me recontracagaron a patadas.

No recuerdo cómo me las arreglé para salir… solo recuerdo que terminé en un bar de mala muerte a las 9 de la mañana tomando un cointreau detrás del otro, con el cuerpo molido a golpes y masticando rabia. ¿A cuántos les habrán hecho lo mismo? Claro que nadie, excepto yo, se habrá enterado nunca. ¿Y mis superiores? Eso todavía lo tengo que estudiar, porque yo elegí el lugar… pero ellos no se opusieron… seguro que saben y también se deben estar burlando de mí. Pero primero, lo primero… estos degenerados no se la van a llevar de arriba. Tengo un plan: me voy a meter en el Sindicato, y voy a trepar, y cuando llegue lo suficientemente alto, desde ahí los voy a hacer mierda.

La buena, no van a joder a nadie más.

La mala es que nunca voy a saber cómo me dieron los análisis.

El ojo blindado LISTEN

Llegando los monos - Sumo

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3 pensamientos en “Un ojo blindado

  1. Nooooooooo!! yo quería saber cómo le dieron los análisis!! (y sí, la lectora inconformista vio?)
    Me encantó, le dejo varios mates espumosos hoy.
    Gracias por ponerle letra y música a mi lunes!
    (Ya sé que lo posteó hace rato, pero dormí…)

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