Ver para creer

wowDespués de los ravioles del domingo y el vinito, Don Antonio se apartó del bullicio de nietos, hijos, cuñadas y nueras y se sentó plácidamente a la sombra del tilo. Como le sucedía casi siempre últimamente, un sopor del que no intentaba escapar lo llevaba a ese extraño lugar entre la vigilia y el sueño, entre el presente y los recuerdos. Doña Ángela lo vigilaba a la distancia, atenta a cualquier gesto, y lista para actuar ante la contingencia cada vez más frecuente de una descompensación.

Aliviada, notó que esa leve convulsión era la risa de Antonio, soñando quién sabe qué.

Cuando abrimos el night club (nunca me gustó llamarlo cabaret) en el año ‘49 con Osvaldo y Carlitos fue una locura bárbara el éxito que tuvo. En seguida nos hicimos conocidos y respetables, la gente venía de todos lados, algunos desde muy lejos. Teníamos las mejores orquestas, con los cantores más aplaudidos, las bebidas eran importadas y teníamos las mejores chicas. Criaturas exquisitas, educadas, vestidas como reinas o estrellas de cine… ¿Qué será de Elvira? Qué linda piba esa.

Y los caballeros empilchaban de lo lindo, algunos se venían de traje y zapatos blancos, muchos bajaban de unos autos que eran un lujo, con chofer y todo. El ambiente era de lo mejor de Buenos Aires, hasta han venido personajes famosos, sabiendo que se los trataría con la mayor discreción. Todos se sentían bien y se divertían. Carlitos decía que él tenía el secreto de por qué todos estaban alegres: decía que tiraba un poquito de droga por los ventiladores de techo. Nosotros no le creíamos, pero quién sabe.

¡Qué época linda! Todos ganábamos buena plata, nunca se armaba quilombo, los clientes se hacían “habitués” y las chicas estaban cómodas. Algunas conversaban con nosotros, nos contaban sus vidas, sus anhelos, como si fuéramos hermanos. Como Elvirita, qué linda piba esa…

“¿Sabés Antonio? Estoy contenta porque estoy por cumplir un sueño. Estoy juntando plata y ya me falta poco. Me voy a ir al Brasil.”

“¡No me digas que nos vas a dejar, Elvirita! Pero te entiendo, las playas de Brasil, el calor, los carnavales, es un lugar soñado… te entiendo.”

“No Antonio, no los voy a dejar, me voy por un tiempo nomás. Pero no por lo que vos decís. Quiero cumplir mi fantasía.”

“¿Y se puede saber cuál es?”

“Sí, claro. Viste lo que dicen, ¡que los negros la tienen bien grande! Y acá no hay ningún negro. Yo me voy al Brasil para acostarme con un negro.”

Fue una sorpresa verla de vuelta en el club a los pocos días: “Pero Elvira ¿no te habías ido al Brasil?”

“Si, ya fui.”

“¿Y cómo es que volviste tan pronto? ¿No te conseguiste ningún negro?”

“Ay Antonio, me fui con toda la ilusión. Y tuve una suerte bárbara. Apenas me instalé, salí a bailar. ¡Me enganché un negro que parecía un dibujo! ¡Qué cuerpo, qué piel! No veía la hora de verlo desnudo. Bailamos toda la noche, y al final, me lo llevé a la pieza.”

“¿Y qué pasó?”

“Y nada, que cuando se sacó la ropa, casi me muero. ¡Qué miembro! Nunca había visto algo tan grande, una cosa increíble!”

“¿Y qué hiciste?”

“¡Nada, me vestí y me volví!”

“Jaja, el miedo no es zonzo Elvira”

“No te riás, Antonio.”

“¿Viejo, estás bien? Estabas soñando… ¿De qué te reías?” “Estoy bien viejita, me acordé de un chiste. Vení dame un besito que los chicos no nos ven.” “Antonio, cómo sos, eh! Bueno, pero uno solo, viejito picarón.”

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