El primer punk

fckySegún Wikipedia, el punk era una forma expresionista de transgresión, buscando liberarse de los corsés estéticos, de la opresión y la autoridad, y en no estar de acuerdo con la sociedad convencional. El punk original no daba explicaciones y buscaba incomodar a lo establecido chocando, ofendiendo y molestando, siendo siempre lo “políticamente incorrecto” y lo opuesto al buen gusto, la moral y la tradición.

La mayoría de las fuentes ubicarían el inicio del movimiento punk en el Reino Unido, a mediados de los años ‘70s. ¿Pero sabés que no? Además de haber inventado la birome, el colectivo y el dulce de leche, los argentinos también inventamos el punk. Toda la filosofía arriba descripta se vino a sublimar en Haroldo, que para los años ‘60s ya era grandecito, había formado una familia y era inspector de la 101.

Y era re punk.

Haroldo buscaba (o simplemente se topaba con) la ocasión de molestar, de incomodar, de hacer todo lo contrario de lo que los demás esperaban, con el único propósito de divertirse. Las navidades y los carnavales eran las épocas más propicias para sus travesuras. Pirotecnia para las primeras, limones para los segundos. Porque en los carnavales nunca faltaba una orquesta con sección de vientos; Haroldo solía ubicarse bien cerca de los trompetistas, y en la mitad del show sacaba un limón de su bolsillo y lo chupaba impunemente, hasta que al pobre músico se le inundara la boca con saliva y se viera obligado a abandonar la orquesta.

En las subtropicales navidades, luego de brindar salía a la calle con su rudimentaria artillería para jugar bromas de dudoso éxito. Lo que más le divertía era pasar por la ventana abierta de los García y tirarles un petardo adentro del comedor en plena sobremesa, recibiendo contundentes insultos y proyectiles improvisados. Así como un punk inglés a lo sumo se clavaría un alfiler en la nariz sin lagrimear, Haroldo se la bancaba estoicamente cuando le tocaba ser víctima de sus propias bromas. Desde los traicioneros petardos que le explotaron en la mano, hasta las tímidas bengalitas para niños; ésas, con las que jugó toda la noche alegremente hasta que regresó a su casa, en donde notó que las laboriosas chispas habían forjado un colador en su flamante camisa de tela sintética.

El resto del año también ofrecía oportunidades para sus andanzas. Y su incauto primogénito, una de sus víctimas preferidas, también. Si salían a caminar después de una lluvia, Haroldo se aprovechaba de su estatura para pegarle a las ramas de los árboles, empapando al resignado infante. El mismo, que no podía tomar un sorbo de Coca Cola sin que Haroldo le pegara en la espalda para sacarle la misteriosa fórmula por la nariz. El mismo, que recibía cariñosas pantuflas voladoras cada vez que se levantaba a hacer pis en medio de la noche. El mismo, que más que víctima era cómplice. El único, que era el objeto de su adoración.

Haroldo no respetaba a sus mayores: despreciaba a las viejas chusmas del barrio, ofrendándoles una cortés sonrisa y un saludo, mitad en voz alta, mitad por lo bajo: “Que le vaya bien… (adentro)” o “Hasta mañana… (no te la saco)”. Despreciaba también a la autoridad. Aunque se suponía que él era la autoridad en la 101 (¿?). El día que le dieron el escudito de inspector a modo de investidura, se lo abrochó en la bragueta demostrando empíricamente por dónde se lo pasaba.

Una sola broma casi le sale muy mal. Un verano se ofreció una gran fiesta en el campo de sus tías. Asado, vino, gauchos, caballos y baile. Luego de un rato de ausencia, Haroldo se apareció en el baile vestido de mujer. Un pobre gaucho (o muy en pedo o muy corto de vista) se enamoró locamente de la desconocida paisanita y persiguió a Haroldo hasta la alameda, en donde la oscuridad lo salvó de ser también el precursor del movimiento gay de la Pampa Húmeda.

Su rebeldía lo llevó también a contrariar las leyes físicas del movimiento (no así las de la inercia), convirtiéndose en el Julio Verne del control remoto. Porque sin moverse de su sillón lograba maniobrar su televisor valiéndose de un palo de escoba. Aunque otras veces, sus controles a distancia se tornaban contraproducentes: tratando de espantar a una gallina inglesa (esas de riña) que se había colado en el patio familiar durante un almuerzo, no se le ocurrió mejor idea que utilizar un arsenal de migas de pan a modo de proyectiles, bastante certeros pero que a la larga sirvieron de alimento a la confianzuda ave, que a partir de ese momento se adueñó de partes de la casa tales como el baño, impidiendo la entrada a cualquier pariente en apuros.

Haroldo había transgredido casi todas las reglas y desafiado toda autoridad. La única que le faltaba era la autoridad médica, desobedeciendo todos y cada uno de sus consejos, quebrantando absolutamente todas sus prohibiciones.

Hacerles caso no era punk. Y además, no valía la pena, el mundo se estaba poniendo muy aburrido ya…

I Faught The Law WATCH

I Faught The Law - The Clash

Anuncios

4 pensamientos en “El primer punk

  1. hasta el primer punk es argentino, que grosos que somos!

    (y ahora no sé que pasa que no puedo publicar el coment, ya va eh.. ya va!)

  2. Bueno, resulta que ahora además de un gravatar también tengo un wordpress!!
    jaja no sé que pasa cada vez que vengo acá, pero además de encontrarme con una buena lectura siempre me llevo algo nuevo, la verdad no me puedo quejar.
    besoss!

Contame vos...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s