Lobo atado, cordero suelto

sheepSu casa misma era como un Conservatorio. Una mujer opaca abrió la pesada puerta y me condujo a su estudio. Y ahí estaba él, parado al lado de su piano, rodeado de instrumentos de viento, libros, partituras y un silencio prometedor. La distancia entre nosotros era atroz: él era “el Maestro”, solemne, altivo y (muy) anciano. Yo, “una alumna más”, insolente, ambiciosa y (muy) joven. Necesitaba urgentemente la ayuda de un experto para ampliar el mezquino registro de mi voz, así que me presenté cargada de ansiedad y determinación, dispuesta a trabajar duro para lograrlo cuanto antes. Sin embargo, el Maestro se limitó a decirme que antes que nada tenía que hacerme una limpieza de nariz-garganta-y-oído con agua y sal, y me despachó para mi casa. Qué desencanto… y qué asco!

No sé por qué volví, pero lo hice. El Maestro me tenía bien cortita (como las minifaldas que yo usaba), y gradualmente, luego de arduos ejercicios y repeticiones, algo casi mágico empezó a obrar en mis cuerdas vocales. Mientras el Maestro violentaba las teclas, el sonido del piano parecía encontrar el modo de meterse por mis entrañas, subir hasta mi corazón estrujándolo a su paso, y salir por mi boca transformado en el canto más perfecto, como si fuera de otra. El Maestro no me miraba jamás, pero la energía que emanaba su menudo cuerpo se sentía como los hilos del titiritero, unidos a mis miembros ya sin voluntad propia.

Con la ayuda de su magnífico piano, la certeza de sus movimientos, la mínima sonrisa que dibujaba en su rostro y un par de gritos autoritarios, el Maestro logró llevar mi voz a límites imposibles. La primera vez que llegué a la nota más exigente, me puse a llorar de felicidad. Entonces me miró por primera vez y me abrazó orgulloso, descorchando por fin su alma como si fuera su vino más preciado, solo para mí.

Todo cambió desde ese momento: dejó de gritarme, me contaba historias de su carrera como trompetista, hacía bromas, sonreía durante las clases. y cada tanto… una palmadita en mi muslo mientras decía: “Qué lindas gambitas…

A medida que pasaba el tiempo, mi performance en los recitales pasó de interesante a excepcional. Paralelamente, nuestros momentos en su estudio transcurrían sobre dos rieles que no siempre eran paralelos: la música y el erotismo. Al terminar cada pieza quedábamos mutuamente saciados y exhaustos; tan íntimamente unidos estábamos por los acordes, el ritmo y las vibraciones, que resultaba difícil determinar la naturaleza de nuestra satisfacción. Y cada tanto… una palmadita en mi muslo.

Así las cosas, hasta esa tarde. Ésa, en la que en medio de una clase cualquiera sentenció un descanso y con un gesto de abuelo tierno, el Maestro me pidió que me sentara en sus rodillas ¿le iba a decir que no? Como si se tratara de un juego inocente, obedecí la dulce orden con sumisión y descaro. Una vez en su regazo me estrechó repentinamente contra su pecho con fuerza, como si estuviera a punto de caer, y acercó su boca a mi oído. Una voz irreconocible, inusitadamente joven, viril y entrecortada gimió en mi cuello: “¿Pero es que querés volverme loco? Me volvés loco… loco…” Y me soltó violentamente para continuar con la clase como si nada. Quedé aturdida por un rato y perturbada por mucho tiempo. No fue lo que hizo o dijo. Fue la voz. Esa voz no era la del anciano Maestro-cordero, era la de un joven animal, un lobo lleno de vitalidad, de ansia y salvajismo, condicionado por un cuerpo que lo mantendría en cautiverio hasta que la Muerte decidiera lo contrario.

Esa tarde cambió el rumbo (y la duración) de mi vida, porque yo no pienso terminar igual que mi Maestro, yo opté por la libertad. Así es que dejé las clases de canto y estoy ahora buscando algún maestro de arpa, no sea cosa que llegado el momento San Pedro no me encuentre bien preparada.

Better to burn out than to fade away… Hey Hey My My LISTEN

My My Hey Hey - Neil Young

 

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7 pensamientos en “Lobo atado, cordero suelto

  1. Uy! Sorprendida…y más aún por que a diferencia de la protagonista me parece que el canto es mucho más liberador que cualquier otra cosa.
    Y tengo la sensación que hagamos lo que hagamos seremos presos en un cuerpo!
    Abrazo!

  2. Creo que le pasa a todos los “maestros” o artistas, que terminan enamorados de lo que crean, El tipo hizo de una buena cantante, una brillante y fue irremediable la transferencia. Ni hablar si esa creación encima tiene buenas piernas.
    Y es inevitable que la música y el erotismo se crucen, porque quizás, la música nos conmueve de la misma manera que lo hace el amor…pero yo también me habría ido toda perturbada.
    ¡Qué disfrutables son tus post, che!

  3. me encantó el relato!! la música y el erotismo, la lectura y el erotismo, el erotismo y el erotismo, perdón, me fui de tema,
    pero tengo una queja, últimamente lo de que el cuerpo es una prisión es un tema que me persigue, que encontré (sin buscar, obvio) en varias lecturas, me estarán queriendo decir algo?? el mundo está en mi contra again??? me quieren decir que estoy mayor?? igual ni cargo me hago eh! o será paranoia?
    bueno, ya, tenía que sacarlo, espero no te moleste mi catarsis
    y ya que estoy de vuelta te dejo un mate, un beso y hasta más ver!!!

  4. El maestro me recordó a un capítulo de Seingfield, je.
    muy lograda la escena climax, y la voz del joven lobo.
    tarde, tarde pero seguro

  5. Raul: me alegro de que te haya gustado. Gracias por pasar!

    Anónima: muy buena tu observación, sí el canto es super liberador, pero se ve que el abuelo tocaba mucho y cantaba poco ja!!

    Harold: usted por casualidad no enseñará canto, no?

    Girl: me dejás sin palabras, me dejás… guarda con los Stradivarius ;)

    MC: pero catartiame todo lo que quieras, no hay drama. Igual, vos quedate con lo del erotismo y olvidate de todo lo demás. No hagas como la chica del relato que en vez de disfrutar, salió corriendo…

    Efa: mientras sea tarde tarde pero seguro seguro, vamos bien. Nunca vi Seingfeld, me vas a tener que explicar.

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