Milagro de Navidad

Sr MojonComo era de esperar, bajó la barrera. Vencido de antemano, me resigné a no saber cuánto tiempo pasaría antes de poder seguir mi camino, cuánta gente vería deambular en estado de trance en busca de regalos navideños, qué tanto me separaba este paso a nivel de mi mujer esperando en casa el peceto que le compré para el inevitable vitel toné (¿cómo cazzo se escribe?) y cuántas preguntas me haría mi hijo desde el asiento trasero, aprovechando este estéril hueco en el tiempo.

“Paaa…” “Qué.” “¿Papá Noel existe?” “Si, hijo.” “¿Y es verdad que anda en un trineo?” “Si.” “¿Y son caballos los que tiran del trineo?” “Noo, son renos, unos animales con unos cuernos grandes.” “Aaah, ¿y vos lo viste alguna vez?” “No… Bueno, no es fácil verlo porque está muy ocupado repartiendo regalos y pasa volando.” “Aaah… pobre papi… yo lo voy a ver algún día, y le voy a sacar una foto para que vos lo puedas ver, pa…” Le despeiné todo el jopo y él volvió a sumergirse en su mp5 sin cuestionar mi sarta de mentiras.

Mirando el obligado entorno, pensé que si pudiera excluir del paisaje los puestos callejeros repletos de la pirotecnia que se cobrará unos cuantos dedos humanos esta misma noche, la nieve artificial que pinta las vidrieras de un invierno que no nos pertenece, las guirnaldas de colores metalizados empeñadas en hacernos creer que estamos de fiesta, las luces intermitentes que recargarán balcones y árboles hasta el extremo de lo ridículo y que ahí seguirán hasta pasado Marzo, y el exceso de rojo y blanco, como si todos fuéramos de River y debiéramos festejar por eso, pienso, si pudiera hacer de cuenta que todo eso no está, podría decir que el barrio no cambió nada. Y así, mientras el espíritu navideño me despojaba de toda alegría, me sorprendió el recuerdo de Carlitos. No entiendo por qué me acordé de él… quizá por el hecho de no poderme mover.

Carlitos era un paralítico hijo de puta que vivió toda la vida en este barrio, el de mi infancia, todo el día en la calle con su sillita de ruedas y sus piernitas retorcidas molestando a los vecinos, provocando a los transeúntes y avergonzando a su familia. Los nenes más chiquitos le tenían miedo y se volvían llorando a sus casas apenas lo veían pasar. Mis amigos y yo en cambio, teníamos más o menos la edad de él, y nuestro estúpido pasatiempo era gritarle: ¡Cheee Carlitoooo!, tirarle con algo y salir corriendo aprovechando nuestra ventaja física, y el turro nos cagaba a piedrazos que rara vez daban en el blanco. Creo que éste es el cuarto tren y la campanilla sigue sonando. A veinte metros de esta barrera, sigue estando el bar en donde parábamos. En esa época era un billar, donde los grandes no nos dejaban acercar a menos de 3 metros a la redonda (o rectangular) de los codiciados paños verdes. Decían que los arruinaríamos con nuestra impericia, así que sólo podíamos mirar. Un día el gordo Torres logró que uno de los viejos lo dejara jugar con él, lo que era un triunfo antes de empezar. Comenzó la partida y Carlitos no tardó en rondar la mesa con la sillita de ruedas, mosconeando, incansable. Cada vez que el gordo estaba por tirar, Carlitos le golpeaba el codo desviándole la bola. No recuerdo si llegó a hacerlo más de tres veces. Lo que recuerdo clarísimo, es que el gordo se puso rojo de furia, tiró el taco, agarró a Carlitos con silla y todo y lo tiró al zanjón. “¡La concha de tu madre gordo puto! ¡Sacáme de acá!” “Morite paralitico de mierda y la puta que te re parió…” Y ahí quedó Carlitos con las patitas colgando y sin nadie que quisiera socorrerlo.

Jamás apeló a la lástima de los demás, más bien prefirió inspirar rechazo y hasta odio. Él se las arreglaba solo, hacía su vida como cualquiera, juntándose con los pibes, cagándose a trompadas y vagueando en la calle, hasta terminar literalmente en la calle, fumando paco y pidiendo plata en los semáforos. Al menos es lo que me contaron porque nunca más lo vi. Dicen que sigue tan sorete como siempre, mostrando su verdadera incapacidad, la de hacer algo bueno por alguien, aunque sea una vez. Y a esta altura no creo que lo logre jamás, ni por milagro.

La chicharra dejó de sonar luego del último tren, volviéndome al presente y poniéndome en marcha de nuevo. ¡Puta madre! ahora que se levantó la barrera, me agarró el semáforo…  no lo puedo creerrrr. “¡Papaaaá!” me sobresaltó la voz de mi hijo. Por el retrovisor, me encandiló el resplandor de su carita. “Mirá miraaaaá papi, ahí está Papá Noel ¡y con un reno!” Incrédulo, miré hacia donde indicaba su dedo, hasta encontrar el bizarro espectáculo. El hijo de puta de Carlitos estaba pidiendo plata en el semáforo disfrazado de Papá Noel y un punga todo rotoso disfrazado de reno, iba empujando la silla de ruedas, devenida en sórdido trineo.

“¿Viste? Yo te dije que lo iba a ver algún día.” Le sacó una foto y dijo triunfante: “Después te la paso, pa.”

Noche de Paz. Sueña tu sueño imposible… WATCH

Sumo - After Chabon

 

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9 pensamientos en “Milagro de Navidad

  1. ¡¡Brillante!! Igual, me hizo moquear, un poco nomás, la concha de su madre a estas fechas.
    Abrazo y que tengas un 2013 inmenso, amiga.

  2. este estéril hueco en el tiempo… me quedé con eso!

    a ver cuando no respetes tanto párrafo estructurado! ese post dedicamelo ;)

    un abrazo y felicidades para estos días!

  3. Tremendo lo suyo!!! se va de tema jajaj
    no llegué pal brindis navideño, hoy le cambio el mate por una copa!
    chin chin! por otro año de relatos!

  4. que el veintetrece traiga más ficción por tus lares!
    creo que carlitos tiene suficiente con lo suyo, je! y el reno te choreaba
    Salud

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