El dinero no es todo

Carlos, Susana y su hija son una familia hermosa, aunque ellos y sus vidas distan mucho de ser hermosos. Carlos es tan feo, pobre, y tiene menos onda que pelo de chino, pero se nota que es un buen hombre. Eso, feo pero bueno. Susana, si bien no tiene chances de salir Miss Argentina, bien podría haber salido la reina del carnaval de Comunicaciones. Eso, una linda chica de barrio.

Son una familia envidiable. Son sencillos, muy unidos, y han luchado juntos en la quijotesca empresa de llevar adelante un almacén en estos tiempos. No es que Carlos haya elegido deliberadamente poner un almacén. No tenía ni una profesión, ni un oficio y su último trabajo más o menos bueno se fue por la alcantarilla, como les pasó a tantos otros. Y Susana tampoco eligió vender cosméticos por catálogo para ayudar, no. No eligió… simplemente se enamoró, no sacó cuentas, y vaya que resultó mala para la matemática.

Siempre estuvimos bien al tanto de los vaivenes de su economía, no sólo porque tenemos el mismo contador, sino porque ellos mismos hablaban de eso sin melodrama cuando cada tanto venían los tres a tomar un mate, o a saludar; hermosamente unidos, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en el almacén y en la calle. Bueno, en la calle quedó Carlos otra vez cuando finalmente tuvo que bajar la persiana. Pero no bajó los brazos. Consiguió un empleo como personal de seguridad en no sé qué galpón. Me dio mucha pena por él, pero también me pongo en el lugar de Susana… ¡cómo aguanta esa mujer!

Hoy fue la primera vez que Susana pasó por casa sin él, y con la nena en brazos y sin preámbulos, espetó: “¿No saben de algún viejo millonario que esté bien hecho mierda y que necesite una mujer?”

“¿Qué?” – mi marido y yo al unísono.

“Sí, a veces hay viejos viudos que con tal de que los cuiden se casan con cualquiera. Si consigo uno, me caso.”

“¿Qué estás diciendo Susana, te volviste loca?”

“No, no estoy loca. ¿Sabés qué pasa? Estoy harta de correr la coneja, a Carlos cada vez le va peor, la nena todavía es muy chiquita y yo no puedo salir a trabajar. Y aunque quisiera, no tengo estudio ¿sabés lo que me van a pagar? Una miseria. Me cansé, ¡¡me cansé!! Años luchando con ese almacén de mierda y nos fundimos igual. A esta altura lo único que quiero es conseguir un viejo decrépito y heredarlo. No me importa tener que limpiarle el culo todos los días y empujarle la silla de ruedas.”

“Pero Susana, suponiendo que hagas semejante cosa te tendrías que divorciar de Carlos” – dijo mi esposo en un brote socrático.

“Sí, ya sé… y se lo diría bien clarito: Mirá Carlos, EL AMOR fuiste vos, pero hoy por hoy, yo lo que quiero es plata, perdoname…”

Ni bien Susana se fue a su casa, mi marido, no sin algo de orgullo de género y con bastante indignación de burgués, comenzó su declamación: “¿Pero qué le pasa a esta mina, se volvió loca? Si Carlos se llega a enterar se muere ¡pobre tipo! Se ve que esta mujer es una histérica o está mal medicada… ¿a quién se le ocurre semejante burrada?  Buscarse un viejo, ensuciarse las manos y la moral por unos billetes igual de sucios. Al final, con esa cara de tontita ¡mirá que interesada que resultó! Entiendo que Carlos está mal económicamente…”

“como vos…”

“¿qué?”

“no, nada nada”

“…decía, aunque no gane bien, no se merece semejante humillación.”

“Bueeeno, no dramatices. El único defecto de Susana es que es poco imaginativa y como lo único que sabe hacer es lavar calzoncillos, pretende salvarse lavándoselos a un ricachón.”

“¿Pero entonces, vos pensás lo mismo que ella?”

“Bueh, lo mismo, lo mismo, no… coincido con ella en que la tercera edad puede ser una fuente de ingresos interesante. Lo que yo pienso es que si tus finanzas siguen esta lánguida tendencia, lo que podría hacer es empezar a trabajar como asistente en un geriátrico de gente distinguida, por ejemplo, y trataría de alegrarles un poco la vida a los señores… no sé, hacer algo creativo y divertido.”

“¿Ah sí? ¿Y qué vas a ser? ¿Animadora de fiestitas seniles? Con globos y guirnaldas me imagino…”

“¡Pero nooo!  Yo digo algo así como ir vestida de enfermera y mostrarles el escote, hacerme la tonta y dejarlos que me toquen las piernas, sentarme un ratito a upa y hacerles cosquillitas en las orejas, o hacer de cuenta que se me cae algo y agacharme mostrando la bombachita, o hacerles masajitos, todo a cambio de algunos favores, claro. ¡Y sin ensuciarme las manos! Como vos decís…”

“perra…”

No me arrepiento de este amor LISTEN

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5 pensamientos en “El dinero no es todo

  1. A partir del tercer párrafo empieza, es curioso.

    Me quedé con eso de los brotes socráticos, ojalá pasasen más seguidos. Entretenido el diálogo. Y sí… perra.

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