Y pegue… y pegue…

Me dicen que soy un insensible, un desapegado, que soy frío, cruel a veces y sádico también. La realidad es que soy veterinario. No es entonces extraño que tenga más simpatía por los animales que por la gente. Porque entre otras cosas el animal es incapaz de ser pelotudo, a diferencia de la mayoría de las personas que suelen hacer un alarmante despliegue de pelotudez que opera como una verdadera pandemia.

Pongamos por caso, arbitrariamente, el tipo que le pega calcomanías a su auto. Desde la cara semitransparente de Roberto Carlos y la silueta de El Santo para acá, he visto miles de desdichados vehículos ridiculizados por la idiotez de sus dueños, por eso, y por vergüenza ajena es que los puedo señalar con mi dedo acusador: sí, vos que le pegaste imitaciones de orificios de bala a tu auto nuevo, vos, que pusiste la colita de una ballena en peligro de extinción, o el sticker de Mundo Marino, vos también, que pegaste la M verde de la bebida energizante, vos…  sí, sí, vos que le pusiste las orejitas de Mikimaus a la antena, todos ustedes son unos imbéciles. Y vos también, que te choreaste un logo de Audi y lo pusiste en tu lamentable Gol ’95, no tenés perdón de Dió. Y aún falta lo peor.

Si hay alguien que se debe haber hecho millonario allá por 2012, es el que inventó las calcomanías de familias para pegar en la parte de atrás de los autos. De todas las modas, debe haber sido una de las más pelotudas y populares (adjetivos sinónimos según mi parecer). Estaba lleno de giles que ponían esos muñequitos patéticos, que para lo único que servían era para que los chorros supieran perfectamente que en ese auto había un boludo para cagar a piñas, una mujer para violar, unos chicos para tomar de rehenes y un perro para envenenar. Como veterinario, admito que esto último era lo único que me daba un poco de pena.

Como toda moda, duró un tiempo y luego desapareció. Pero siempre hay alguno que queda pegado, valga la redundancia. Miguel, el kioskero de la vuelta, fue un caso increíble. Algún problema tendría, porque desde siempre pegó calcomanías a sus autos: de discotecas, de lugares de vacaciones, de bandas, de cervezas… menos la VTV, todas. Se ve que era su forma de expresarse, porque normalmente una frase completa suya no superaba las 6 o 7 palabras.

Cuando se compró el 0 km, todos en el barrio albergamos la esperanza de que no le pegara nada. Pero justo cayó la moda de los calcos de familias… fue irresistible para Miguel. En ese momento, su familia eran él mismo, su auto y el Boby.

Qué gauchito el Boby… Miguel lo traía poco a la vete, solo cuando se tragaba alguna porquería o cuando le tocaba alguna vacuna. Y así yo estaba al tanto de la vida de Miguel. No tanto porque me contara sus cosas… bastaba con ver el auto.

Así fue como me enteré de que se enganchó con Silvina, la hija de don Celso. Se casaron relativamente pronto, y más pronto se confirmó lo que cuchicheaban en mi sala de espera las viejas de acá enfrente, las de los pekineses.

Y a los pocos meses… nacieron los mellizos.

Aunque siempre me pareció un reverendo pelotudo, reconozco que en un momento admiré su constancia para reflejar la realidad de su vida actualizando los calcos, pero a medida que se achicaba el espacio para pegar, se propagaba la burla sorda de todos los vecinos. Tácitamente nos preguntábamos cómo conseguía los calcos si la moda ya había pasado hacía rato. Algunos sospechaban que las tenía guardadas desde el 2012 y que tenía su vida planificada, o peor aún, que adaptara el devenir de su vida a los calcos que tenía. Ambas teorías cayeron por tierra cuando algún guacho le hizo esto:

O a lo mejor Silvina era como él y para hacerle saber que todo había terminado, utilizó el mismo idioma gráfico. Lo cierto es que ella se fue con su personal trainer, se quedó con los pibes y le dejó al Boby.

Miguel se sobrepuso al golpe, empezó a ir al gimnasio y se compró ropa canchera, dejando bien claro en la parte trasera de su auto que estaba soltero y musculoso, y que tenía un costado tierno con el Boby ahí pegado. Se rumorea que hay quienes corren apuestas sobre cuántos van a ser los stickers de las pendejas que se va a voltear…

El otro día vino Miguel a traer al Boby que andaba medio caiducho. Lo examiné y en seguida me di cuenta de que le había llegado la hora. “¿Y… cómo está?” Miré a Miguel a los ojos. En ellos vi el temor de tener que escuchar que estaba perdiendo a su mejor amigo. Pero también vi al pelotudo que siempre fue, al representante de todos los demás, al ícono de la estupidez ahí mismo, en mi terreno y servido en bandeja.

“¿Y… cómo está?”, insistió. No pude contener al turro que llevo dentro. Le dije: “Y, mirá macho… te diría que vayas despegando la calcomanía.”

Stuck in a Moment WATCH

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8 pensamientos en “Y pegue… y pegue…

  1. Raúl: por suerte la gente realmente cruel es excepcional (hay pocos capaces de tanta maldad). Saludos!

    Harold: ¿Usted por casualidad no será veterinario, no?

    Dany: jajajaj, como experto en venganzas, no esperaba menos de vos!!

    MC: me alegra inmensamente haber logrado semejante cosa =)

    A todos: les regalo una variante…

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