Planeta Animal

Nunca estuve preso, ni una vez. Si esto me hubiera pasado cuando era joven me hubiera sentido un héroe, con unas pelotas del carajo, hubiera sido toda una hazaña para contar una y otra vez, en cada asado entre amigos. Pero a esta altura de mi vida, con una respetable reputación que cuidar y siendo un padre de familia, apenas puedo hacerme a la idea de estar en esta sucia celda mezclado entre estos vagos, no menos sucios…

¿Qué mal hay en darles un gusto a mis pibes? Tanto habían jodido, que al final los llevé al zoo interactivo. Y está bien, porque al final los chicos sólo ven la Naturaleza en los programas de cable y hay que reconocer que no es lo mismo andar en el auto entre los animales sueltos, que andar uno suelto entre animales encerrados… esto último no tiene sentido. O sí, no sé… después de lo que pasó no me queda muy claro quién debería estar encerrado.

No bajen las ventanillas bajo ninguna circunstancia” repetía yo, haciéndome eco de los carteles de advertencia. Menos mal que  los chicos obedecieron, porque desde su corta estatura y al no poder asomarse hacia afuera, no vieron la terrible paja que se estaba haciendo el chimpancé ¿cómo les explico eso? También se nos complicó con la jirafa porque no tengo ventanilla en el techo. Mis pibes en Animal Planet las habían visto enteras y acá se tuvieron que conformar con ver la mitad menos interesante; aún así y a pesar de los berrinches, no abrieron.

Seguimos avanzando hasta un paraje en donde no había un solo animal. Fue muy extraño: repentinamente la brisa cesó, el silencio se hizo escuchar, y el paisaje se volvió estático, como si lo hubieran plasmado en una fotografía, como si el tiempo se hubiera detenido ahí mismo. De pronto el follaje de unos árboles cercanos se movió, primero tímidamente, luego bruscamente, y a los pocos segundos se produjo el tan ansiado espectáculo: apareció un joven elefante, acercándose lenta y perezosamente hacia nosotros. Al lado de mi autito la enorme bestia se veía bastante intimidante. Pero se quedó ahí quietito, sólo acercando su trompa para tocar las ventanillas de vez en cuando, delicadamente, como si temiera estropear un tesoro. ¡Para qué! Los nenes empezaron con que querían abrir para convidarle un pochoclo. “Bueno. Pero un poquitito y cierran” Un pochoclo, dos, cinco, un puñado… en un momento el glotón se entusiasmó tanto que metió toda la trompa para agarrar la bolsa entera. Fue todo tan confuso… La madre se asustó terriblemente y cerró el vidrio de golpe, apretando la trompa del pobre paquidermo.

Le debe haber dolido bastante porque no paraba de barritar y sacudir la cabeza como un perro mojado. Podría jurar que vi toda la furia de sus ancestros prehistóricos reflejada en sus ojitos cuando se dedicó afanosamente a embestir al auto con toda la familia adentro hasta dejarlo con la forma, justamente, de un pochoclo. Él volvió a los arbustos y nosotros, en estado de shock y como pudimos, llegamos hasta la administración, donde nos procuraron los primeros auxilios para aliviar los golpes y raspones recibidos. Mi mujer gritaba, mis hijos lloraban y yo temblaba. Los cuidadores y guardianes hacían intentos desesperados por contenernos: a mi mujer le dieron un té de tilo y a los nenes, golosinas. Yo en cambio seguía sudando  y temblando, hasta que el más piola de los cuidadores me llevó aparte y me ofreció un whisky: “Tome hombre, esto le va a venir bien.” Me lo tomé de un trago… y sí, me sentí mejor.

Emprendimos el camino a casa. La sensación dentro de lo que quedó del auto era de desolación total, con los nenes mudos y mi mujer sollozando ahogadamente. Yo agradecía a Dios porque nadie salió herido a la vez que puteaba a mi familia por hacer que el elefante me dejara el auto hecho mierda.

No había casi nadie en la ruta, así que el cana, que me vio desde lejos me paró de inmediato. “Permítame la documentación señor. Han tenido un accidente por lo que veo. ¿Se encuentran bien? Por el estado en que se encuentra este vehículo no le puedo permitir seguir circulando. ¿Usted embistió a alguien?” Eran demasiadas preguntas para mi mente aturdida. “Ehh… no, en realidad nosotros fuimos embestidos” “¿Podría describir el vehículo que colisionó con el suyo?” “Bbueno, es que no fue un vehículo, fue un elefante”.

Me fulminó con la mirada: “Descienda del vehículo por favor”… (obedecí)… “Escuchemé, ¿y de qué color era el elefante? ¿Rosa? Usted está conduciendo en estado de ebriedad”, sentenció. ”Yo sé que es difícil de creer, pero fue así, ¡fue un elefante!” “No me tome de pelotudo, ¿quiere? Le voy a tener que hacer el test de alcoholemia.”

Ahí es en donde el whisky no me ayudó para nada. Así resultaron las cosas, el elefante está suelto tranquilamente y yo estoy encerrado y furioso. Juro que cuando llegue a casa voy a reprogramar la tele de manera tal que cuando mi familia quiera ver Animal Planet, salga Venus. Si quieren ver vida salvaje, que la vean.

Elephant Talk LISTEN

 

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8 pensamientos en “Planeta Animal

  1. Sos una brillante narradora, Tecontaretodo. Me alegraste la hora del suicidio del domingo. Me puedo ir a duchar tranquilo. Abrazo…

  2. Raúl: también está bueno postear el domingo a la tardecita, o en el caso de BA al menos, poner canal 9 y ver No Toca Botón… no dan ganas de suicidarse, jaja. Gracias por tu comentario.

    Harold: no sé si todo, pero lo del elefante y el pochoclo y el auto hecho percha, sí, totalmente cierto…

    Eme Ce: pobre hombre, se ve que estaba muy alterado. Esperamos que al momendo de volver a casa, haya recordado que la venganza no conduce a nada bueno!!

  3. Yo soy de las que piensan “bien hecho, por pelotudo.” Pobre elefante, que le debe haber dolido…y también les pasa por amarretes, UN POQUITITO DE POCHOCLO le iban a dar?

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