Paz interior

Llegó el gran día. Hace semanas que me vengo preparando para este evento. Voy a conocer a los máximos ejecutivos de la compañía en persona y tengo que estar a la altura de las circunstancias. No importa si no saben bien quién soy, lo que importa es que lo recuerden por la impresión que les cause: una mujer profesional, capaz, elegante y agradable. Es lo que soy, pero hoy se tiene que notar claramente.

Me levanté bien temprano. Luego de bañarme y secarme el pelo, me probé los 3 conjuntos de ropa que dejé preparados anoche. ¡Ay no, otra vez la panza hinchada! El conjunto clarito con remera entallada y pollera con hebilla me queda como el orto, soy pura barriga. No, mejor la blusa holgada y los pantalones negros. No me cierra este pantalón de mierda, bueno lo cambio por la pollera y blusa negras. Parezco una viuda pero al menos delgada. Ahora voy a tener que cambiar de cartera, la marrón que iba bien con el conjunto clarito, ya no va. Qué cagada, en la negra apenas me entran los anteojos, la Blackberry, los maquillajes, la billetera y los pañuelitos de papel. No voy a poder llevar ni el perfume, ni la crema de manos ni el Carefree de repuesto. Me quiero matarrrr.

Por Dios, los tacos me están torturando y todavía no salí de casa. ¿Pero qué le pasa hoy a este pelo? Ni con la planchita deja de erizarse. A ver si con este serum anti frizz (en qué idioma estoy hablando???) logro que quede mejor. Bueh, no. Pero no tengo más tiempo para el pelo. Ni bien terminé de maquillarme, me di cuenta de que no me había lavado los dientes. Me voy a tener que retocar los labios, con lo bien que los había delineado.

No me quedaron igual la segunda vez… A ver, la ropa está ok, el pelo se ve un poco mejor, la cartera queda bien con los zapatos, llevo el celu, las llaves, la notebook, los papeles de trabajo… ok. ¡Ay! ¡La comida del perro! Me agacho para servirle su ración y escucho “trrrr” detrás de mí. ¡Me muero, se me descosió la pollera! Le di unas puntadas y salí volando.

Por suerte llegué temprano, y de punta en negro. Empezaron a llegar los ejecutivos y los recibí con mi mejor sonrisa, disimulando el escándalo que hacía mi estómago reclamando un desayuno. Me la pasé corriendo todo el día de reunión en reunión mientras mis zapatos parecían un par de cocodrilos prendidos de mis pies. Apenas tuve tiempo de comer alguna cosita, pero mejor, así no engordo. Creo que el hambre y el dolor de pies me ayudaron a ponerme firme a la hora de discutir algunos aspectos del negocio. Me salí con la mía pero transpiré un poco, ¡y yo sin mi perfume! A media tarde no había maquillaje que disimulara mis ojeras, así que me calcé los anteojos y no me los saqué más. Finalmente todo salió bien y despedí a todos, con mi mejor sonrisa y un sostenido dolor de pómulos de tanto sonreír.

Cuando subí al taxi para volver a casa mi pelo se debatía entre enrularse y pegotearse, el maquillaje ya no resistía a la ley de gravedad, la pollera se volvió a romper –tengo que adelgazar sí o sí– los pies quedaron mitad hinchados, mitad ampollados, la cartera no cerraba ni por putas y la notebook me pesaba una tonelada. Pero volvía a casa y ya tomaría un buen baño de inmersión.

Intercambié unas pocas palabras con el joven, pulcro y educado taxista (¡al fin uno!) y me desparramé en el asiento escuchando la música de su radio. A las pocas cuadras quedamos embotellados por un corte en la avenida. No tenía energías ni para hacerme mala sangre, y de todos modos no había otra salida más que esperar.

Sin darme cuenta me puse a tararear una canción de la radio: …What I like about you, you hold me tight, tell me I’m the only one, wanna come over tonight, yeah… That’s what I like about you, ahaha… ¡Cómo me gustaba bailar ese tema cuando era chica…! Lo cantaba un baterista con los pelos parados y cara de atorrante, me acuerdo, y me gustaba tanto! Y en ese momento nulo, suspendido en el tiempo, ¿por qué no pensar que me lo cantaba a mí? That’s what I like about you!, susurraba. Y me sentí linda, y más joven.

Disculpe que la interrumpa: pero ¡qué paz que tiene usted, señora! En vez de enojarse por el embotellamiento, se puso a cantar lo más tranquila.

“Señora la puta que te parió, pendejo!” (pensé). Y le sonreí.

What I like about you WATCH

 

 

 

 

 

Tontita / La (in)Feliz / Veinte años no es nada

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9 pensamientos en “Paz interior

  1. jajaj posta! si hay algo que te puede cagar el día es que un maldito pendejo te diga SEÑORA!!!

    buenísimooo y la música genial para este sabadete noche

    besoss!!

  2. ¡¡Excelente pintura!! Un adía cualquiera, un momento pesado, pero nuestras canciones, ésas que nos hacen felices, reaparecen constantemente. Muy buena escritura, che. Abrazo…

  3. Dudo que exista ni siquiera una persona en la historia de toda la humanidad que al escuchar los encantos de esta canción no pase de la cólera a la felicidad en un segundo, cause that’s true, that’s what i like about you.

  4. MC: jajaj, y eso que ya el día venía torcido =)

    Raúl: muy cierto lo que decís… (lo de la música, no los halagos, ja)

    Harold: sí, la verdad que ser taxista debe ser horrible…

    Ayelen: Bienvenida! Pasa con pocas canciones… y nunca falta un cualquiera que viene a arruinarte un momento de felicidad genuina, lo parió…

  5. El mandato de la belleza y la juventud, qué díficil debe ser, y más, tanto más, para una mujer, ¿no? Todo el tiempo comer bien, adelgazar, sonreir, buena ropa, buen peinado, maquillajes. Así que sí, expresás todo eso en el texto, creo. Bien duro debe ser. Y lo es para todos.

    Un beso tecontarétodo.

    • Exactamente, para todos. Los hombres no la sacan barata tampoco: tienen el mandato de ser exitosos, proveedores, procreadores, ir a la guerra si los obligan, mantener al “amigo” firme junto al pueblo, tener buenos autos, en fin… tiempos difíciles. Saludos! =)

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