Iscariote

Martín tenía un defecto insoportable: era un desubicado. No sé si simplemente pensaba en voz alta o era un reverendo incendiario, pero más de una vez tuve que mirar para otro lado cuando se mandaba algún comentario fuera de lugar.

Como cuando estábamos comiendo pizza con Adrián y Mariela, Gabriel y Ruth, él y yo, y Marcos solito con sus anhelantes hormonas, como esperando algún premio. Todos conversábamos pero Marcos no despegaba la mirada de la camarera. Extasiado, sus ojos fatigaban un tour cíclico desde las caderas a la cintura, de ahí a las tetitas y pasando por el cuello subían por una oreja hasta llegar a los ojos, la parada fija para pedir una cerveza más, con la voz distorsionada por la baba.

Todos nos hicimos los distraídos… menos Martín: “Te gusta la pendeja, eh?”. Marcos, ya en evidencia dijo suspirando: “La verdad, la miro y la miro, y no le encuentro ni un solo defecto”… “¿Qué sabés?” replicó Martín “capaz que es judía…”. Ruth le lanzó una mirada fulminante, pero no dijo nada, acostumbrada ya a la discriminación ancestral. Yo en cambio no soporté la vergüenza ajena, y con mi mejor esfuerzo logré desviar la conversación hacia la importancia de la calidad de la mozzarella para lograr una buena pizza.

Pero el colmo fue en casa de mi suegra. Un día la vieja se emperró en hacer bacalao a la gallega. Se recorrió todas las pescaderías del barrio y encargó el nórdico cadáver con anticipación. Se ve que era una ceremonia familiar ineludible. Muy a mi pesar, tuve que sentarme a la suculenta mesa. La verdad es que el guiso estaba bien hecho… las papas y los garbanzos eran deliciosos, pero cada vez que trataba de llevarme un bocado de bacalao a la boca, me daba un asco espantoso. Hábilmente fui comiendo las partes pasables, escondiendo el pescado detrás de papitas cómplices, de manera que mi plato tenía sobras muy bien disimuladas. Cuando la gallega estaba a punto de levantar la mesa, el muy hijo de puta me delató diciendo bien alto y claro “¡No te gustó!

Esta vez la mirada fulminante fue de la vieja hacia mí. Y si hay algo que soporto menos que la vergüenza ajena, es la propia. Esa fue nuestra última cena.

Shame on Me LISTEN

 

 

 

 

 

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6 pensamientos en “Iscariote

  1. Encima, no era de esos que se desubican sin querer. Era un tremendo perro!!! He conocido a algunos martines. La mejor forma de hacerlos callar es darle una cucharada de su propia medicina.

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