Los platos rotos

Sé que estoy pagando por lo que hice. Pero no fue a propósito, simplemente no pude evitar caer en todo esto. Lo lamento más que nada por mis tres hijos. Sí, tres. Tuve un buen matrimonio con Marcela y resultó ser buena madre también. Esto de algún modo fue una sorpresa para mí, porque cuando la conocí era una chica, digamos, fácil (sin ofender, es la madre de mis hijos). Pero estando conmigo sentó cabeza.

Con todo, el matrimonio a la larga se empezó a desgastar y yo necesitaba algo nuevo, motivador. Sin embargo no quería engañarla. Le propuse algo que puede parecer inaceptable; pero mi mujer fue moldeada por su cuestionable pasado, locuras de juventud que yo supe comprender y perdonar. Así que ella también supo comprender, y cuando le pedí que hiciéramos intercambio de parejas, aceptó.

Me recomendaron un lugar especialmente pensado para lo que yo buscaba. Pero no me debo haber expresado bien porque nadie me avisó que la consigna era “todos contra todos”. Ni bien entramos, lo que vi marcó mi mente como lo haría la aguja de un tatuador. No era una guerra, no era una fiesta, no era una orgía. Era una escena cinematográfica, perfecta, en cámara lenta, eterna, vibrante, serena. Toda esa gente fornicando en cualquier rincón, en cualquier postura (bueno, en todas), tríos, cuartetos, orquestas y filarmónicas en perfecta armonía. Y todos se veían tan felices. Jamás había visto algo así… quedé fascinado.

La gorda me acompañó un par de veces y solo pudo mirar, no se animó. Pero yo sí me animé, y empecé a ir seguido, por supuesto sin ella.  Tan seguido que la herencia de papá se esfumó en pocos meses, sin contar mi magro sueldo. Faltaba al trabajo, primero días sueltos y luego semanas, fui dejando de dormir en casa y finalmente me separé de Marcela. Y ahora, según los primeros análisis, parece que me la contagié nomás. Y aún así, aunque esté condenado a muerte, seguiría yendo allá para quedar incluido por siempre en la escena perfecta que vi la primera vez.

Sí, pago muy caro: ya no me dejan entrar más, perdí mis ahorros, perdí a mi familia, perdí mi salud y no sé si perderé el trabajo; es lo único que me queda. Pedí ayuda y me dieron una oportunidad más. Desde hoy estoy de licencia hasta que me mejore.

Los nenes de segundo grado turno tarde de la escuelita del barrio no entienden por qué hoy tienen maestra suplente. “Parece que el maestro va a tardar en volver”, susurran. “Ojalá que la nueva sea tan buena como él”.

Here comes that day WATCH

 

 

 

 

 

Otras historias:

Dominatrix / (La mujer de) Barba Azul versus el amor letal / Perra

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13 pensamientos en “Los platos rotos

  1. Hace rato que busco blogs que me hagan pasar un momento fresco, pensante y revitalizador. Ando de suerte, el otro día conocí el de girlofsummer, ahora te leo a vos y ese humor con todo el drama. ¡Genial! T eseguiré leyendo, a ver si aprendo, puesto que estoy hecho un veterano melancólico. Abrazo, desde Rosario.

  2. Quien anda con suerte soy yo! Gracias por tu comentario, es muy alentador. La puerta está abierta, así que pasá cuando quieras. Y no pierdas de vista a Girl, no te vas a arrepentir. Ella me ayudó a crear este espacio y a conocer Rosario!

  3. La MUSICA INFERNAL, MARAVILLOSA!!!!! No los conocía, la voz me transportó a escribir bajo su influjo…veremos que me sale a mi.
    He escrito con massive attack y particularmente me gustó. Veré.
    Te linkee.

  4. No puedo sacudirme la tristeza de este escrito. Principalmente porque me tocó de cerca, digamos que tuve una etapa muy promiscua entre los 19 y los 23 años. Por suerte, salí a tiempo y hoy las historias las cuento yo.

    Voy a estar seguido por acá.

    Un abrazo

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